Día 14

Los dos nenes más chicos hinchaban e hinchaban con que querían un perro. La mamá, que nunca había tenido uno, no estaba muy segura. Criar un perro en un departamento de tres ambientes le parecía imposible, pero al final cedió. El papá, que de chico nunca no había tenido perro, pensó que iba a ser fácil, pero había vivido en una casa de pueblo con jardín. El departamento no era grande aunque igual siempre tenían el balcón y ya se estaban por ir de vacaciones.

El hombre llevaba apenas un año jubilado. Los hijos ya se habían ido de la casa y casi nunca venían de visita. Estaban muy ocupados y todavía no tenían nietos que mostrar. Su mujer era algunos años más joven y, además de trabajar mucho, se iba de viaje varias veces por mes. Para sus ratos solitarios, tenía una biblioteca con unos cuantos libros sin leer y la perra que lo acompañaba siempre a pasear por el bosque y comprar pan.

Con la ayuda del veterinario de la otra cuadra consiguieron un cachorro mestizo hermoso, de color marrón. El perrito era hijo de una setter inglesa perdida que había parido seis cachorros en un refugio y posiblemente de un labrador, por las orejas. Tenía los ojitos color miel, algunas manchitas claras en el lomo y se movía de aquí para allá, sacudiendo la cola. Ya estaba vacunado y todo pero todavía no había aprendido a no hacer pis por todos lados. Los nenes lo vieron y se quedaron encantados. Esa misma noche, el perrito durmió en la cocina del departamento, donde habían cubierto el piso de papel de diario, para que no ensuciara.

Westie era su mejor compañía. Era una perra mestiza, cruza de setter irlandés y bichón maltés. No era muy grande pero sí muy inquieta y mimosa y tenía los ojos color miel y el pelo largo, con algunos rulos. Con tanta energía había dado trabajo educarla aunque una vez que aprendió no tuvo igual. De vieja se había puesto más sedentaria, pero siempre estaba dispuesta a una buena caminata por ahí.

Pronto salieron de vacaciones. Como el perro era chiquito, lo metieron en un canasto y pudo viajar con ellos en el tren. En la casa de los abuelos, sobre la playa, también había jardín. El perrito era muy inteligente y cariñoso y aprendió bastante pronto a no ensuciar adentro de la casa. Seguía a los chicos por todos lados y los chicos lo seguían a él. Iban juntos a la playa y el perrito pronto le perdió miedo a las olas. Como buen hijo de labrador, se metía al agua cada vez que podía y al final del día era un pegote de arena y sal.

En la mitad del invierno a Westie le dió una neumonía y no hubo manera de salvarla. El hombre al principio no caía en la cuenta de que le faltaba y la seguía buscando para salir. Con el paso de los días  cayó en una profunda depresión de la que ni su mujer ni sus hijos podían sacarlo. Todos le decían que se buscara otro perro, pero su Westie era irremplazable y él ya tenía unos años encima y no se sentía del todo bien. Al final del verano, se fue con su mujer a la casa de la playa. Después de unos días el sol, el viento y el olor a mar le mejoraron un poco el ánimo.

Las vacaciones se terminaban y los chicos ya se habían aburrido un poco del perro. Lo querían, sí, pero ya no se ocupaban casi nada de él. Los padres se encargaban de darle de comer, de jugar con él y de mantener la casa ordenada y limpia a su alrededor. Pero sabían que todo era más fácil en una casa de vacaciones con jardín. El día de la vuelta a la ciudad, se miraron entre los dos y decidieron olvidarlo. Los chicos ni parecieron darse cuenta.

Las cuatro amigas venían conversando por la playa cuando vieron pasar un perrito marrón que iba derechito al agua. El perrito se acercó al hombre que caminaba solo y encorvado por el borde del mar y lo empezó a seguir, acercándose cada vez más. El hombre no hacía nada al principio pero después se dio vuelta a mirarlo y se quedó parado. El perrito empezó a mover la cola, expectante, no sabiendo si quedarse o seguir. El hombre se agachó y lo acarició. Después agarró un palo y lo tiró lejos. El perrito corrió a buscarlo y se lo devolvió. Y así jugaron un rato hasta que se cansaron.

Mientra se ponía el sol, las cuatro amigas los vieron irse juntos. El hombre iba caminando bien erguido mientras el perrito le daba vueltas alrededor.

Día 13

Oh, qué pereza. Menos mal que estamos todas las hermanas y seguro que algunos de los chicos nos van a ayudar. Es lo primero que pienso al despertarme. El sol está ya bastante alto aunque es todavía temprano. Se escucha el canto de los pájaros y el ruido de un viento suave entre los eucaliptos. Los tilos siguen perfumando el aire pero por el olor tan intenso no debe faltar mucho para que se termine. No hay ningún ruido en la casa, deben estar todos durmiendo todavía.

Me levanto despacio, me pongo un batón y las ojotas, voy al baño y después a la cocina. Lleno la cafetera de café y la pongo al fuego. Apenas está listo el café, me lleno un tazón y salgo al patio. Qué lindo salió todo ayer, pienso, mientras miro el pasto brillante y la planta de jazmín, que ya tiene sus primeras flores. De este lado de la casa no se nota nada de la fiesta, vamos a ver del otro lado.

Del otro lado sí se nota. Camino hasta las filas de mesas mientras voy tomando sorbitos de mi taza de café y veo que hay bastante por hacer. La pileta está bien sucia, va a haber que sacar basura, barrer y filtrar el agua todo el día. Hay un lío de mesas y sillas y platitos y vasos y copas y botellas de champán vacías. El último brindis terminó de madrugada, por lo visto. Yo ya me había ido a dormir. ¡Fue un día larguísimo!

Llevábamos unos tres meses preparando el casamiento de mi sobrina la jurista. Como es tradición en la familia, la ceremonia religiosa iba a ser a la mañana y después la fiesta al aire libre, en la quinta de los abuelos. Con mis hermanas ya estamos acostumbradas a organizar fiestorros – debe ser el quinto o el sexto este – y hay que decir que nos salen cada vez mejor. Nos da menos trabajo y nos ponemos menos nerviosas, lo que nos deja disfrutarlos más. Además, ya convertidas en generalas, repartimos el trabajo entre hijas, hijos, sobris y maridos.

La fiesta empezó a la hora del desayuno, antes de ir a la iglesia, nomás con la familia cercana de los novios, que igual éramos un montón. Julita, la novia, no podía probar bocado de los nervios, pero le preparamos un yogur con miel, nueces y cubitos de durazno. A ver si se nos desmayaba delante de todos en la iglesia, mientras el novio le ponía el anillo al dedo. Para el resto hubo café, té, jugos, medialunas, muffins, jamones, quesos, huevos, salmón y fletán marinados y panes varios. Y champán. Nos copiamos la idea de los buffets en los hoteles de Alemania y lo repetimos cada vez.

Los asadores que había contratado el papá de Julita habían empezado de madrugada y ya tenían una vaca y los cinco corderos que había traído mi cuñado Víctor del sur asándose despacito al asador. Todos los acompañamientos ya estaban listos desde la noche anterior, y teníamos un cuartito bien cerrado con el aire acondicionado a todo trapo que estábamos usando para enfriar el champán, el vino blanco y las bebidas para los cocktails.

En cuanto Julita estuvo vestida, salimos para la iglesia. Hubo un par de apurones de último momento, pero todos llegamos bien. La iglesia estaba repleta, y hermosa, de las flores se había encargado Inesita, la mamá. Ramos de todos los tamaños de peonias rosadas, violetas, lilas y bordó, mezcladas con flores silvestres y hojas verdes, todo haciendo juego con el ramo de la novia, que por suerte no se desmayó.

La música, barroca, la eligió mi hermana Ana. Había encontrado una orquesta de cámara de músicos recién salidos del conservatorio que se sumaron al organista y el coro de la parroquia en un concierto maravilloso. Al final, estábamos todos llorando, menos el novio, que estaba tan feliz con su recién casada que parecía que se la iba a llevar volando a París.

El resto del día comimos, bebimos, reímos, bailamos (entre los cuñados y los tíos armaron una banda que tocó de todo), nos besamos y abrazamos y festejamos a Julita y a Simón. Hubo un poco de lío un par de veces, alguna que se confundió de marido y otro que tomó un poco de más. Entre los más jóvenes hubo montones de romances nuevos, ya nos habíamos encargado nosotras de acomodarlos bien en las mesas para que se cruzaran como por casualidad. Yo me fui a dormir después de que se escaparon los recién casados pero la fiesta siguió hasta que los grillos dejaron de cantar.

Bueno, a ordenar. Esta tarde quizás hasta puedo tomar sol. Por la comida no hay que preocuparse demasiado, nomás acomodar y servir lindo todo lo que quedó. Que se encarguen las chicas.

Día 12

Era un día brillante, de ésos con el cielo azul azul y el sol resplandeciente, pero el aire estaba fresco. Se abrigó y salió a pasear. Era un fin de semana largo y parecía que mucha gente se había tomado vacaciones porque las calles estaban casi vacías, lindo para pasear. Primero caminó un rato, pero pronto se aburrió; caminaba siempre por los mismos lados y nunca se alejaba demasiado del barrio. Sin pensarlo demasiado, se tomó el primer colectivo que pasó. Tenía un número raro y supuso que iría hacia la otra punta de la ciudad. Por la ventanilla del colectivo veía pasar las calles arboladas y los barrios de casas bajas. El traqueteo del vehículo por las calles empedradas lo hizo entrar en una especie de trance. A lo mejor se quedó dormido unos minutos porque cuando abrió los ojos el colectivo estaba estacionado como en una terminal. Se dio cuenta que estaba a dos pasos de la estación de Liniers.

Bajó, dio unas vueltas, recorrió la estación de punta a punta y encontró un puesto de choripán bastante decente, el chimichurri tenía una buena pinta y parecía recién hecho. Cuando el puestero, un moreno de cara hosca, le alcanzó el choripán, le preguntó qué se podía ver por el barrio.
—La iglesia, dijo el tipo, medio como ladrando.
Se acordó entonces que estaba cerca de la iglesia de San Cayetano, que desde chico quería conocer. Tenía una tía bisabuela muy devota que le hablaba de ese santo sin parar. Además, todos los años salían en los diarios las vigilias y peregrinaciones que se hacen para el día del santo. En épocas de vacas flacas, esas peregrinaciones batían records de gente y solían transformarse en manifestaciones políticas. Curas, sindicalistas, personajes variopintos daban discursos entre la gente desesperada que le iba a rezar al santo pidiendo por encontrar un trabajo, o no perderlo.

Caminó las dos cuadras que hay entre la estación y la iglesia y la encontró enseguida. Se esperaba algo enorme y a lo mejor más linda, pero encontró un edificio que en lo único que se diferenciaba de un banco o de una repartición pública era la torre, una torre finita medio puntuda. Había poca gente en la entrada así que no le costaba nada entrar. Por dentro la iglesia era igual de poco interesante aunque le llamó la atención que parecía ser un lugar de encuentro para la comunidad peruana, había una virgen peruana, unos santos peruanos, flores rojas y blancas, y así. ¿A lo mejor porque la iglesia queda sobre la calle Cuzco?

Salió de la iglesia medio desilusionado. Ya en la calle, como era de prever, encontró algunas santerías, esos lugares donde se compran imágenes religiosas que la gente lleva a sus casas para seguir rezándole al santo. Lo que no era tan de prever era que entre santería y santería, y a veces dentro de las mismas santerías, había lugares donde se adivinaba el futuro por varios medios, videncia, tarot, ayudas espirituales. La ansiedad de los devotos, se rió. Una cosa es rezarle al santo y otra quedarse esperando. Una vez hechas las ofrendas y las oraciones y prendido las velas del caso, la gente se iba a averiguar, con la ayuda de un tarotista, si el santo tenía pensado cumplir con su parte o qué.

Ya que estaba, ¿Por qué no? Entró en el primer lugar por el que pasó para que le tiraran las cartas, ¿A quién se le ocurrirá convertirse en adivino y por qué?, se preguntó. No andaba con mucha plata encima pero en Liniers te adivinan el futuro por dos pesos. En el primer lugar al que entró eran demasiado curiosos, querían saber dónde vivía, dónde trabajaba y de qué. Le pareció un poco trucho todo, así que salió corriendo. Entró a otro, donde una chica asiática lo llevó a través de un laberinto de pasillos hasta un cuartito lleno de olor a sahumerio y otra chica asiática le tiró las cartas de manera mecánica y sin siquiera mirarlo. En el próximo, lo recibió una peruana gorda y sonriente que lo hizo pasar al cuarto de atrás, adornado de tapices y objetos religiosos andinos y le ofreció un té de coca. La peruana era también bastante preguntona pero esta vez, en lugar de salir corriendo, respondió a todo, cambiando los detalles. Se le puede adivinar el futuro a una persona imaginaria también.

La peruana se tomó su tiempo y le dedicó una buena historia. Tenía una gran imaginación. Al final charlaron de ella. Salió contento y muy liviano, como después de terapia. Al fin de cuentas, los adivinos son los psicólogos de los pobres.

Día 11

El desayuno perfecto

Mi desayuno es el mismo todos los días salvo los domingos y los días de cumpleaños, que son como un domingo pero mejor.

Dos rodajas de pan, que pueden ser de cualquier tipo, pan blanco, pan negro o pan gris. Mi preferido es el de centeno sin levadura, recién comprado. El olor ácido del pan de centeno fresco, unas pocas horas después de salir del horno, es una de la cosas más deliciosas de la mañana. Aunque el pan recién comprado casi siempre es para los domingos, o para los cumpleaños. En esos días compro un pan grande, y el resto de los días como lo que queda. Si se pone demasiado viejo (y al final de la semana eso bien puede pasar), una vueltita por la tostadora no voy a decir que lo rejuvenece pero sí que le da un toque más interesante que de pan viejo. Sobre todo cuando lo tuesto con mi receta infalible para dejarlo crocante: poner la tostadora al mínimo y tostarlo dos veces dejando que se enfríe un poquito en el medio y otro poquito al final.

No voy a negar que eso lleva un poco de tiempo, pero mientras tanto preparo el café. Dos tazas de la cafetera equivalen a una taza de las mías, así que lleno el recipiente del agua hasta seis. Siempre me gustó tomar el café en un jarro bien grande y lleno bien hasta arriba, y en el desayuno me tomo por lo menos dos. La última la voy tomando más tarde, de a poco, en el estudio. Pongo tres cucharadas bien llenas en el recipiente del café. Antes no me gustaba el café tan fuerte pero ahora sí y siempre termino poniendo una cucharadita extra. Mientras se hace el café, miro las tostadas y las pongo a tostar su segundo turno.

Saco de la heladera jamón, queso y, según el queso, algún dulce. El jamón es siempre crudo, pero los quesos son siempre distintos. Los que más me gustan son los de cabra y, más todavía, los de oveja. A veces también tengo brie, o un gouda maduro y picante o algún queso azul. Para cada queso, va su dulce, aunque con el queso azul me gusta más la miel. Stilton con una miel bien agreste, no muy perfumada, con gusto mineral. Los quesos de leche cruda siempre quedan mejor con mermelada de arándanos, con cualquier otra es como que agarran gusto a leche pasada. Los picantes bien asentados quedan más ricos con dulce de naranja y los más suaves, con dulce de damascos, cerezas negras o frambuesas. A veces también tengo jalea de grosellas, que va perfecto con un queso crema espeso y medio acidito.

Las tostadas ya están frías (tienen que estar frías para que la manteca no se derrita, las únicas tostadas que quedan bien con manteca derretida son las tostadas con dulce de leche) y me preparo una con jamón y otra con queso y dulce. Pongo todo en una tabla de madera, me sirvo el café y me siento en la mesa del comedor con algo para leer que puede ser cualquier cosa, una revista, o un diario o un folleto de esos del supermercado con las ofertas de la semana que me sirvieron para aprender francés. Yo sé que no está bien, me lo dicen todos los médicos y todos los dietistas, pero no puedo tomar el desayuno sin leer. Si no tengo nada para leer, me pongo ansiosa y trago mis tostadas casi sin masticar y me quemo la garganta con el café demasiado caliente. Con algo para leer, voy comiendo tranquila cada bocado mientras me entero de algo nuevo y tomo mi café de a sorbitos. Casi siempre al terminar el desayuno aprendí algo que no sabía: quién ganó las elecciones en el país del mundo en el que hubo elecciones esta semana, o cuál es la mejor marca de lavarropas si uno quiere ahorrar energía, qué cremas hay que usar para mantener la piel joven sin dejar el sueldo en el intento, o qué tal es la última obra del cineasta alemán de moda. Y así, mientras termino de leer el último párrafo de la mañana, estoy casi lista para empezar el día. Casi lista.

El último paso del ritual mañanero es el primer cigarrillo del día. El único cigarrillo por el que no dejo de fumar, ese cigarrillo que me convierte en fumadora empedernida pese a que un atado me dura por lo menos una semana, y casi siempre unos días más. Las ganas de fumar que me dan después de tomar el café del desayuno son las peores del día, las únicas que no puedo controlar, las que me transforman en adicta. Incontenibles, irreprimibles, desesperantes, no me dejan concentrarme en nada más. Ninguna mañana puede terminar bien si no fumo después del café. Busco, nerviosa, el último cigarrillo del atado y descubro casi con náuseas que alguien se lo fumó.

Día 10

Me gusta mucho ver películas pero soy una espectadora agradecida. Solamente no me gustan las películas decididamente malas. También me gusta elegir a los críticos de cine según ese criterio. Hay críticos de cine a los que no les gusta nada y otros a los que solamente no les gustan las películas decididamente malas. A las demás siempre son capaces de encontrarles algo bueno. A los primeros dejo de leerlos bastante pronto. Los segundos son mis preferidos y sé que si ellos hacen una buena crítica también me va a gustar a mí.

Igual, la película que nos ocupa está bien lejos de ser una película mediocre y les gustaría a los dos, aunque seguro que el primer tipo de críticos le encontraba algún defecto. Pensaba que iba a elegir una más antigua y cuando llegó el momento de hacerlo terminé eligiendo una bastante más nueva, que además no vi hace mucho. En el afiche se ve un edificio rosado que parece una torta de quince, pintada en varios tonos de rosados. Al fondo del edificio vemos un paisaje alpino, o de los Cárpatos, vaya a saber. Los picos son bastante escarpados y en la punta de uno de ellos se ve la escultura de un ciervo.

El edificio es un hotel, the Grand Budapest hotel, un hotel que no está en Budapest sino en un pueblito alejado en algún lugar genérico de Europa del Este que es difícil ubicar. Puede ser en Austria, o en Transilvania, o en algún lugar en el medio. El escenario tiene detalles de Eslovaquia, Polonia, Bulgaria o Rumania.

La película pasa en tres tiempos: un tiempo donde pasa lo que pasa, otro donde uno de los protagonistas de la historia se la cuenta al que nos cuenta la historia, otro donde el relator nos cuenta la historia a nosotros. El hotel no es el mismo en cada tiempo y hasta creo que en el último (cuando nos cuentan la historia a nosotros) ya no existe más, pero del todo segura no estoy.

El género ‘película de hotel’ es uno de mis géneros preferidos. A veces digo en chiste (o más o menos en chiste) que me gustaría vivir el resto de mi vida en un hotel. Un hotel lindo, claro, no un hotelucho. Para vivir me las arreglaría con un cuarto más o menos grande con escritorio y un baño cómodo. El resto de mi vida podría pasar en las áreas comunes del hotel, el lobby, el restaurante, el gimnasio y el spa. Desayuno con buffet todos los días y cenas con amigos con room-service o en el restaurante, según el grado de intimidad. En la película, sin embargo, los protagonistas eligen vivir en las habitaciones de servicio, aunque podrían no hacerlo. Uno hasta cena solo en una esquina de su cuartucho, en una mesita minúscula con lugar para uno solo.

El género ‘película que pasa en Europa del Este’ también es uno de mis géneros preferidos. Películas con castillos en la montaña, hoteles con baños termales alejados de todo, viajes en tren por al borde de acantilados, caminatas por paisajes nevados y confiterías finísimas donde pasteleros apasionados por su oficio construyen pequeñas obras de arte destinadas al placer efímero pero a ser recordadas para siempre.

Al principio y al final de la película, en los créditos, se hace alusión al escritor que inspiró al director, un escritor austríaco al que le iba muy bien en los años treinta pero que terminó su vida de una manera muy trágica, no solo porque se suicidó sino porque la razón de su suicidio fue ridícula. Me pregunto si no será la sensibilidad exacerbada lo que hace hacer estupideces a la gente. Stefan Zweig se fue de Austria con el ascenso del nazismo, primero a Inglaterra y después a Brasil. Sus dos últimas obras, fueron ‘Brasil, tierra del futuro’ (Brasilien. Ein Land der Zukunft) y ‘El mundo de ayer, memorias de un europeo’ (Die Welt von Gestern: Erinnerungen eines Europäers), publicada de manera póstuma, porque se la envió a su editor un día antes de suicidarse junto a su mujer. Dicen que se suicidó porque creía que el nazismo había llegado para dominar el mundo para siempre y se perdió todo lo que vino después. El pesimismo no es nunca un buen consejero.

Día 9

Querida M.:

Hace tantos años que estamos juntos. De alguna manera, siento que sos parte de mi vida desde siempre, aunque nos hayamos conocido cuando teníamos veinte años. Pero me acuerdo que tuve por primera vez esa sensación después de ver todos los álbums de fotos de tu infancia. Eran nomás cuatro o cinco fotos por año, no como ahora que sacamos fotos irrelevantes todo el tiempo. Una foto cuando cumplías años, una cuando empezabas la escuela, otra el día de Navidad, otra en las vacaciones de verano y alguna más, y así te conocí desde que naciste hasta que te conocí de verdad. Me acuerdo como creció mi amor por vos ese día. Ver crecer en las fotos, año trás año, a esa nena que se fue convirtiendo en la chica casi mujer que conocí a los veinte llenó un hueco en el tiempo. Una cosa curiosa el amor, o por lo menos el amor que siento por vos. Durante muchos años sentía que crecía todos los días, que cada día te quería un poco más y ese día de las fotos pegó un salto.

Dicen que al amor hay que cuidarlo, pero durante los primeros muchos años nuestro amor se alimentaba solo, o eso me parecía a mí. Nuestra vida de casados sin hijos era como estar de vacaciones todos los días, o en una luna de miel perpetua. Yo estudiaba y vos trabajabas a horarios irregulares o en casa y estábamos juntos mucho tiempo, mucho más tiempo que con una rutina común. Teníamos la libertad de hacer que un día cualquiera se transformara en domingo, y una semana cualquiera en vacaciones.

Cuando nacieron los chicos, perdimos un poco de esa libertad pero ganamos tanto amor. Los dos sentimos al mismo tiempo que a pesar de todo lo que nos queríamos, los chicos nos querían todavía más. Dicen que el amor de los padres hacia los hijos es infinito, pero nadie se entera de la inmensidad del amor de los hijos hacia los padres hasta que los tiene. También, conseguimos ser padres al mismo tiempo, compartiendo casi todas las tareas de cuidarlos y de la casa y aunque a veces era difícil, estábamos juntos, sin abandonarnos, sin olvidar que éramos un hombre y una mujer enamorados además de papá y mamá.

No sé por qué comenzamos a alejarnos. Si sé que uno de los primeros síntomas del alejamiento fue que se rompió ese acuerdo tácito que teníamos de irnos a dormir juntos todos los días. Vos eras más alondra y yo más búho y habíamos hecho siempre el esfuerzo de encontrarnos en el medio. Nos habíamos creado la costumbre de ir a la cama un poco muy tarde para vos, y un poco muy temprano para mí, porque el mejor momento del día era cuando nos abrazábamos en la cama cada noche. Un día te fuiste a la cama sin decirme nada y yo no te seguí. Y lo que al principio parecía una excepción se convirtió en la norma. Dejar de ir juntos a la cama tuvo otros efectos en la vida diaria –no desayunar juntos, por ejemplo– y con nuestros ritmos cambiados empezamos a hablar cada vez menos. Dejamos de comentar las noticias del día, dejamos de hacer planes para el futuro, dejamos de tratar de convertir un día cualquiera en domingo o una semana cualquiera en vacaciones.

En los últimos meses nos vemos muy poco y no nos hablamos más que lo indispensable. Nos ponemos de acuerdo en alguna cosa práctica, hacer las compras, llevar la ropa a la tintorería, atender al electricista, o en mantener de la mejor manera posible nuestras amistades comunes. Ni siquiera conseguimos tener alguna comida al mismo tiempo. Cuando nos cruzamos, te veo triste y enojada y muchas veces me da miedo hablarte. Sé que a vos te pasa lo mismo y no consigo explicármelo ¿En qué momento de la relación una pareja que se amó se empieza a tratar con miedo? Y lo que más me cuesta entender ¿Por qué nos tenemos miedo?

Mañana cuando te despiertes vas a encontrar esta carta pero ya no vas a encontrarme a mí. Hace algunas semanas conocí a otra mujer. La conocí de a poco y de sorpresa. La verdad es que no creía posible que me interesara otra mujer que vos pero pasó. Después de unos días empecé a extrañarla como te extrañaba a vos y a buscarla como te buscaba a vos. No tengo miedo cuando estoy con ella, ni estoy triste o infeliz. Aunque no lo creas, me cuesta mucho dejarte, pero sentirme enamorado después tantos años es como sentirme enamorado por primera vez o como enamorarme de vos otra vez. El amor que te tuve no fue infinito – esta carta es prueba de eso – pero sí lo fue mientras te quise y no sé si podré inventar otra forma de querer distinta a como te quise a vos.

Un abrazo fuertísimo

S.

Día 8

El colador de la pasta

El colador de la pasta es el nombre que le puse, pero en realidad el colador también me sirve para colar arroz, quinoa, lentejas, porotos y cualquier otra cosa que haya que colar. Últimamente también lo uso para colar granos de kéfir, aunque tiene los agujeros un poco grandes para eso y siempre tengo miedo a que se me escapen.

El colador es blanco y es de plástico. Es el segundo colador que uso con gusto en mi vida de ama de casa independiente y el tercero que llegó a mis armarios. Al segundo lo detesté siempre con toda mi alma porque era de acero inoxidable y muy pesado y además no entraba en la máquina de lavar platos. El primero era mi colador preferido pero tenía dos defectos. Para empezar, tenía una manija rota y la que le quedaba era demasiado frágil para sostenerlo bien. Además, era un poco chico y cuando había que cocinar pasta para mucha gente era un stress colarla porque se rebalsaba toda por los costados. Su mejor virtud era, por otro lado, que entraba en cualquier rincón del lavaplatos.

(Los recipientes demasiado pequeños en la cocina siempre son un factor de stress y los grandes son difíciles de manipular).

Este colador, como es de plástico, es liviano y más práctico que el segundo. Como no tiene manijas, también es mucho más robusto que el primero. Es lo bastante grande como para colar dos kilos de spaghetti, así que nunca me estresa cuando cocino pasta para muchos.

(También tengo una olla bien grande en la que se pueden hervir por lo menos dos kilos de spaghetti y no se imaginan la tranquilidad que me da eso).

Mi colador blanco de plástico mide 16 centímetros de alto y su diseño es casi perfecto. En lugar de patas, tiene un borde de un centímetro y medio de ancho que crea un espacio entre el fondo del colador y la superficie donde está apoyada y sirve para sostenerlo. En el fondo tiene 13 centímetros de diámetro. La abertura superior tiene un diámetro de 22 centímetros del lado de adentro y 26 del lado de afuera. Esta diferencia es porque al llegar a la parte de arriba es como si los bordes se plegaran para afuera. Ese borde es el que sirve para agarrarlo bien y resuelve de manera muy eficiente la falta de manijas.

Su característica más curiosa son las aberturas; tiene de dos tipos: agujeros y ranuras. Los agujeros están en el fondo y las ranuras en las paredes del costado. Tanto agujeros como ranuras tienen una estructura radial; parten de un círculo de 23 agujeros en el centro del fondo del colador. Desde ahí salen 4 círculos concéntricos de agujeros que terminan de cubrir todo el fondo del colador. Eso quiere decir que en el fondo del colador hay 115 agujeros. No parecen tantos, la verdad. Los agujeros son todos del mismo tamaño. Esto se descubre al mirarlos con muchísima atención, porque una especie de ilusión óptica hace pensar que los de afuera son más grandes que los de adentro. O al revés, no estoy del todo segura. A partir de los agujeros del último círculo, formando el sexto círculo concéntrico, salen las ranuras de las paredes, que también son 23. La combinación de agujeros y ranuras permite colar cosas chiquitas en poca cantidad y cosas grandes en gran cantidad.

(Tengo que decir que me perturba un poco que todo sea múltiplo de 23. No sólo porque los números primos siempre me resultaron bastante incómodos, sino porque además la primera vez que conté había contado 24 y me pareció una hermosa copia de un reloj de 24 horas).

En la parte de abajo, del lado de afuera, están todos los detalles informativos del colador. Está la marca y el nombre del diseñador. O de los diseñadores, porque son dos, con el mismo apellido. Me pregunto si serán hermanos o un matrimonio. También dice que el colador se diseñó en Suecia y se fabricó en Italia. Que aguanta hasta 100 grados Celsius o 212 grados Fahrenheit (esto está escrito con números y letras) y que se puede lavar en el lavavajillas (esto está dicho con un pictograma). Por supuesto, ya comprobé que se puede y además es muy fácil acomodarlo ahí. También hay otro dibujito que dice que el contacto de los alimentos con el colador es seguro, lo que me garantiza que no contamina mis fideos con sustancias tóxicas ni produce enfermedades.

¿Se merece unos intentos de haiku?

Redondo colador
blanco como la nieve
infinito

En el fondo del colador
Ravioles
Pétalos maduros

Un diseño armonioso
no perfecto
flor de veintitrés.

Día 7

4 de marzo
Se decidió por fin. Marcelo compra un pasaje de avión Buenos Aires – Madrid ida y vuelta. Consigue un vuelo directo bien barato que sale de Buenos Aires el 2 de junio al mediodía y llega a Madrid de madrugada. Los horarios son un poco incómodos (viajar de día en clase turista con un montón de gente exitada es insoportable, no va a poder dormir mucho en el viaje y todo el primer día en Madrid va a estar muerto de sueño con un jet-lag feroz) pero el precio compensa la incomodidad. La vuelta la eligió el 30 de julio, también un vuelo directo, pero en el avión que sale de Madrid a medianoche.

5 de marzo
Lleva ahorrando un par de años para estas vacaciones y por fin va a darse el gusto: casi dos meses en Europa para conocer algunos lugares fuera de los caminos más trillados al ritmo que más le gusta, el de ella misma. Marcela se fija en las ofertas y consigue un pasaje por Air France que sale de Buenos Aires el 2 de junio a la tarde, directo a París, con vuelta el 30 de julio, en el vuelo de las 23.35. No podía ser más cómodo. Ahora tiene casi dos meses para planificar lo que va a hacer allá.

14 de marzo
Desde que leyó Murder on the Orient Express en las clases de inglés, Marcela sabe que su viaje por Europa va a ser en tren. Por supuesto que va a ir a Bélgica, donde no hay rastros de ese detective pero sí de uno de historietas que también viajaba en tren, y unos chocolates de novela. Compra su billete de Eurail: un Global Pass en primera clase, electrónico. Con eso no necesita esperar que le llegue por correo, y se va a ahorrar bastante plata en las reservas de asiento. Ahora solamente tiene que estudiar los mapas y decidir adónde ir.

20 de marzo
Dudaba entre alquilar un auto o el tren pero después de hacer cuentas se decidió por el tren. Además, tiene tiempo para viajar sin apuro. Viajando en tren se conoce gente y todo tiene un gusto más auténtico. Marcelo compra un billete de Eurail con el que va a poder recorrer Europa con mucha libertad. Después se baja el mapa de todas las líneas ferroviarias y también la aplicación para el teléfono con la que puede planificar los horarios.

25 de julio: Budapest – Zurich
A las 20:40 Marcela toma el EuroNight Kálmán Imre con destino a Zurich que llega a las 8:20 de la mañana del día siguiente. El tren a París sale a las 9:34. Tarda un poco más de 5 horas aunque tiene que cambiar dos veces por el camino. Por suerte viaja liviano. Mira desde donde sale: andén 15. Alcanza a tomar un café en el bar que está más cerca y comprarse un sandwich, agua y una tortita suiza para el viaje a París.

25 de julio: Berlin – Zurich
A las 21:07 Marcelo toma el ÖBB Nightjet con destino a Zurich que llega a las 9:05 de la mañana del día siguiente. A las 9:32 toma su siguiente tren hacia Milán. El destino es Barcelona. Sabe que el viaje lleva menos tiempo y es más directo via París, pero no se quiere perder ver la Costa Azul desde el tren. No tiene mucho tiempo, así que lo primero que hace cuando llega es mirar el andén de salida: el 14. Se compra un café en el bar y sube al tren.

31 de julio
El avión de Iberia llega 20 minutos adelantado, Marcelo baja rápido del avión y se ubica entre los primeros en la cola de migraciones. Por suerte el sistema de control electrónico del aeropuerto funciona sin fallas hoy. El equipaje viene un poco atrasado, pero aprovecha para ir al baño y lavarse los dientes mientras salen las valijas. A las 9 de la mañana se toma un taxi y llega al centro a las 10.

El avión de Air France llega 20 minutos atrasado. Marcela sale entre las últimas del avión y llega a la cola de migraciones creyendo que va a ser larguísima, pero salió tan tarde que se vació. Todo va bastante rápido, así que tiene tiempo de pasar por el free-shop. En total, no tarda más de media hora. Tiene equipaje de mano y una amiga que la espera para llevarla al centro. Salen del aeropuerto a las 9 y media y llega a su casa a las 11.

4 de agosto
Cuando llegó a Buenos Aires, Marcela llevaba dos meses sin pagar el abono del móvil. Ya se puso al día pagando online, pero no se le conectan los datos. Llama al servicio técnico y enseguida escucha una voz que la atiende.
—Hola, soy Marcelo. ¿En qué puedo ayudarte?

Día 6

Llevamos algunas horas viajando desde que salimos de la ciudad. Salimos muy temprano para aprovechar el día y no llegar de noche. Pero el camino se hace largo, la pampa es toda parecida y de vez en cuando necesitamos hacer pausas para tomar aire, ir al baño, comer algo, o dar unos pasos para desentumecernos.

El sol cae a plomo cuando encontramos una estación de servicio que parece grande y limpia, a lo mejor los baños son mejores que en esos puebluchos por los que pasamos hasta ahora. Mientras Felipe carga nafta, busco los baños y los encuentro adentro del kiosco. Son modernos, grandes y limpios. Hay por lo menos unas diez cabinas, pero están todas vacías.

Mientras estoy sentada haciendo pis, escucho unos pasos acelerados, alguien que entra casi corriendo y se mete en el compartimento de al lado. Cierra dando un portazo, se escucha un sonido como si se hubiera apoyado en la puerta y una respiración agitada. Me quedo quieta y en silencio para esperar a ver qué pasa.

Al cabo de unos segundos, escucho un llanto bajito y el ruido de unas manos sacando papel higiénico del rollo en grandes cantidades. Termino de hacer pis, me seco y me visto. La otra (¿es una otra?) también me escuchó y se queda quieta. Igual, ya no puedo contenerme y le pregunto:
—¿Estás bien?
Silencio absoluto. No solo no habla, sino que se quedó paralizada. Salgo de mi cabina y me paro en la puerta de la de ella.
—Por favor, contestame. ¿Estás bien?
Se escucha más ruido a papel higiénico, una sonada de mocos y una voz llena de llanto. Espero unos segundos, no sabiendo muy bien qué hacer.
—No mucho. —dice casi temblando. Por la voz, confirmo que es una congénere y además bastante joven. Es una voz casi de nena. Una nena aterrorizada.
—¿Que te pasa?
Primero, más silencio. Y después, más llanto. Escucho las sacudidas de alguien que tiene ganas de llorar a los gritos pero se las aguanta y llora sin hacer mucho ruido. Y entonces unas respiraciones profundas y más sonada de mocos. La verdad es que estoy bastante asustada. Estamos en el medio de la pampa y la ciudad más cercana debe estar a unos doscientos kilómetros. ¿Cómo es que aparece una casi nena llorando en el baño de una estación de servicio solitaria?
—Me tienen secuestrada —dice en un susurro, como para que no la escuche nadie más que yo. —Me dejaron ir al baño porque llevamos muchas horas viajando, pero me están esperando ahí afuera.
—¿Son muchos? —pregunto, hablando igual de bajito
—Dos. Una mujer y un hombre. Me están haciendo pasar por su hija.
—¿Estás lastimada?
—No, nomás me sacudieron un poco para meterme en la camioneta, pero todavía estoy bien.
—¿Cómo pasó?
—No sé muy bien. Estaba volviendo del colegio y mientras estaba parada en un semáforo un hombre me empujó y me metió en una camioneta. Me pusieron una bolsa en la cabeza y después manejaron muchas horas.
—¿De dónde sos?
—De Buenos Aires. ¿Y vos?
—De Rosario. ¿Sabés hace cuánto tiempo que te raptaron?
—Dos o tres días ¿A dónde vas vos?
—A la Patagonia, con mi marido —respondo distraída, pensando en qué hacer para ayudarla y en si podré hacer algo para ayudarla.
Ya estamos tardando mucho en el baño las dos. Felipe seguro que se está impacientando y me imagino que la pareja raptora de la chica también. Tengo que pensar rápido cómo salir de este entuerto.
—¿Te animás a salir del baño? —le pregunto.
Despacito, abre la puerta y sale con cuidado y miedo. Es una chica como de unos 16 años, no muy alta y flaquita. Todavía tiene puesto el uniforme del colegio y está con la cara toda hinchada por el llanto, pero también un poco golpeada. Tiene moretones en las piernas y un chichón en la frente. La hago dar vuelta para revisarla. Fuera de los moretones, parece estar bien.
—¿Tenés un celu? —me pregunta—. Mi papá me debe estar buscando.
Doy gracias a Dios por tenerlo encima. Justo cuando bajé del auto dudé entre dejarlo ahí o llevarlo conmigo y ahora no sabría qué hacer sin él. Lo saco de la cartera y se lo doy.

Mientras ella teclea un mensaje para el padre, se escucha un griterío. Me asomo a la puerta del baño y veo gente a los empujones entre las góndolas del kiosco de la estación de servicio. En la confusión veo que dos matones se llevan a una pareja a la rastra, mientras un hombre bien vestido se acerca hacia donde estoy. Me sobresalto, pero la chica pasa como una flecha al lado mío, me devuelve el teléfono sin mirarme y se arroja a los brazos de su papá.

Día 5

La cara de sorpresa de mis nuevos clientes cuando me ven por primera vez es siempre digna de ver. Como nomás pongo el apellido en las tarjetas, no descubren, hasta que pisan mi despacho, que lo que se van a encontrar, en lugar de un detective enjuto que fuma un cigarrillo tras otro, es una señora grande y canosa que usa trajes formales pero coloridos, unos anteojos enormes de carey oscuro y que siempre tiene una bombonera de cristal repleta de chocolate para convidar a los clientes. Ahora que me contactan por mail no lo descubren hasta que hablamos por teléfono, o en una videollamada, pero la cara de sorpresa es la misma. A veces, además de la sorpresa, veo el arrepentimiento y las ganas de salir corriendo a buscar otra persona que les resulte más confiable pero como ya llevo muchos años en este oficio tengo bien diseñada la estrategia, que incluye por supuesto el chocolate, para dejar que no se me escapen.

Pero esta vez no me hizo falta usarla. El hombre que me llamó por teléfono sabía muy bien quién era yo, porque me había recomendado una de sus amigas. Una viuda joven para la que yo había hecho hacía unos años un trabajo parecido.

A mi futuro nuevo cliente le había desaparecido la hija hacía dos días y tenía dos problemas para confiar en la policía: uno, lo que tardan en empezar la investigación, dos, que prefería evitarlos porque él mismo tenía cosas que esconder. De ahí que recurriera a mis servicios. Modestamente, yo le iba a servir más que la policía en estos tiempos, sobre todo con mis habilidades de stalker cibernético y mi pequeño equipo de hackers bien entrenados.

Hay que conceder que la gente es descuidada de más y me hacen el trabajo fácil.

Pese a todos los consejos que reciben de los bancos, los servicios digitales y hasta la policía y el gobierno, la mayoría de la gente elige siempre una contraseña demasiado accesible o muy corta. Elegir contraseñas fáciles los convierte igual de fácil en futuras víctimas de un ataque de fuerza bruta, ese tipo de ataque cibernético que ensaya todas las posibles combinaciones de una serie de números o letras hasta encontrar la que entra. Craquear un pin de 4 números solamente exige hacer 9999 ensayos, pero craquear una contraseña de 8 caracteres que usa las minúsculas, las mayúsculas y los números requiere casi 282 billones de ensayos. Ni te digo si la alargás a 10 o 12 caracteres y además usás otros símbolos del teclado. Sabiendo eso me resulta incomprensible que cuando trato de entrar por atrás a alguna computadora o una cuenta de email no me hace falta ninguna técnica sofisticada; las contraseñas que encuentro son el sobrenombre de la mamá, la fecha del cumpleaños del hijito menor o un dibujito fácil en el teclado digital.

La hija de mi cliente tenía dieciseis años recién cumplidos, así que empecé por lo más obvio: revisar todas sus redes sociales. La chica era moderadamente activa y para nada exhibicionista pero tenía bastantes conexiones, casi todas desde la escuela primaria. Los adolescentes van juntando amigos y seguidores sin parar desde que inician su vida en Internet, sin ningún control, y se confían demasiado. No falla, siempre hay alguna conexión a la que apenas conocen y que, si uno les preguntara, no sabrían explicar cómo es que están conectados. Estos tipos son depredadores y van tejiendo su telaraña de posibles víctimas entrelazada con las otras redes, aprovechando los algoritmos de sugestión de nuevas amistades. Cuando aprenden las rutinas de su objetivo y los puntos vulnerables, dan el golpe.

Le pedí al padre que me ayudara un poco para descartar a los menos sospechosos y después de un par de horas, lo descubrimos. Usando las mismas técnicas de acecho del secuestrador le fuimos desandando el camino. Entrar a su cuenta de Facebook – la que usaba para enganchar a sus víctimas – fue muy fácil: la contraseña era igual a su nombre de usuario cambiando las vocales por los números habituales: la “a” por un cuatro, la “e” por el tres, la “o” por un cero. La cuenta de email fue un poco más difícil, pero ahí encontramos sus reservas de viajes y hoteles y supimos dónde estaban.

Mi cliente tenía los recursos y le fue fácil. Esa misma noche, la hija durmió en su casa, sedada. Del acechador no se supo nada nunca más. Me imagino que estará enterrado en un pozo con las piernas rotas, pero decidí no preguntar.

Día 4

Está lindo el día hoy, pienso cuando abro las cortinas de mi cuarto y miro a ver qué tal. Uno de esos días raros con el cielo bien azul, como el de Buenos Aires. Por suerte no hace tanto calor. Estaban anunciados casi 40 grados esta semana, pero parece que va a estar algo más fresco, así que decido que después de desayunar me voy a dar una vuelta en bicicleta y hacer un poco de turismo por el barrio. Es la mitad del verano, medio mundo se fue de vacaciones y la ciudad está casi vacía, con poco tráfico. Pasar las vacaciones de verano en la ciudad aprovechando que la gente la abandona fue siempre uno de mis grandes placeres y ahora que puedo, me doy el lujo. Es lindo ser turista en su propia ciudad, salir de la rutina diaria, ir de la oficina a la casa, al supermercado, la panadería, todos los caminos conocidos. Un día me di cuenta que llevaba 10 años viviendo acá y no conocía el lugar más famoso que visitan todos los turistas, y eso que cuando viene algún amigo o un familiar lo llevo a recorrer la ciudad.

Me preparo el desayuno, una tostada con jamón y otra con queso y una jarra de café bien fuerte y busco algunas de las guías turísticas que tengo en la biblioteca sin leer. Tengo la mala costumbre de leer siempre algo mientras tomo el desayuno, es como que me impaciento y no puedo disfrutar ni de las tostadas ni del café si no puedo leer al mismo tiempo. Hojeo un poco entre los libros y también googleo un rato con el teléfono hasta que me decido. Primero voy a dar un paseo en bicicleta por el bosque y a la vuelta voy a ir a ver el cementerio que queda enfrente de la panadería a la que voy siempre, pero al que curiosamente no entré nunca.

Digo curiosamente porque siempre que voy a una ciudad que no conozco, visito uno o dos cementerios. Uno descubre siempre algún aspecto inesperado del país que está conociendo en los cementerios. Por ejemplo, en el cementerio antiguo de Budapest me enteré cómo las mujeres húngaras cambian de nombre cuando se casan: no se ponen solamente el apellido del marido sino también su nombre de pila, en femenino. En uno de los dos cementerios antiguos de Munich se dejó de enterrar gente hace más de 70 años y ahora es un parque donde por las mañanas se ve hombres y mujeres elongando después de correr o haciendo yoga. En el de Copenhague, cuando explota la primavera y empieza a hacer calor, se llena de familias jóvenes haciendo picnics debajo de los manzanos florecidos.

Me toca conocer el cementerio de mi barrio esta vez. Llego a eso de las cuatro de la tarde decidida a recorrer las 12 hectáreas, pero después de un rato me pierdo en los detalles y empiezo a leer las historias grabadas en las lápidas. Las tumbas individuales y de personajes famosos, generales y soldados tienen todas su historia, claro, pero no son tan interesantes, una fecha de nacimiento y otra de muerte y ya está. Pero en las tumbas familiares hay espacio para escribir cuentos y en esas me detengo.

Encuentro un mausoleo chiquito, en estilo gótico. Por el estilo se notan ya los años, pero de cerca se le notan más. La piedra está gastada y medio rota y los vitrales en las ventanitas perdieron el color y están oscurecidos de musgo y oxidados. La puerta, desvencijada, está abierta y se puede entrar. El espacio es minúsculo, quizás ochenta centímetros de ancho por un metro y medio de largo, pero las paredes están llenas de placas, listas para contar su historia, que ocurrió hacia la mitad del siglo XIX. El pequeño mausoleo está dedicado a una mujer que apenas alcanzó a vivir treinta y seis años y a todos sus hijitos. Las fechas son desoladoras y cuentan que entre los veinte y hasta que murió, esta mujer tuvo por lo menos seis hijos que se fueron muriendo antes que ella, de dos, de tres, de cinco y ocho años. El más chiquito murió al mismo tiempo que ella, lo más probable en un parto que no terminó bien. ¿Una epidemia? ¿Una enfermedad familiar? Me quedo pensando en el viudo. ¿Se habrá quedado solo o habrá habido más hijos que sí sobrevivieron?

Me siento casi como violando un secreto, entrometiéndome en una historia familiar. Salgo del cementerio cuando empiezo a sentir frío, justo cuando el guarda empieza a cerrar el portón de entrada, y me tengo que apurar. La luna en cuarto menguante empieza a salir detrás de los cipreses del fondo.

Día 3

“Tenés la casa muy sucia, nena” Lo primero que dice mi abuela cada vez que llega a visitarme. Sé que viene y empiezo a limpiar tres días antes, para cuidar todos los detalles y que no haya ni una miguita de polvo arriba de los muebles. Tengo hasta los armarios impecables, porque sé que en algún momento pasa por ahí y los revisa y si encuentra un calzón mezclado con las medias me trata de mugrienta.

Igual no queda nunca contenta y siempre encuentra algo para criticar, aunque lo invente. Al principio, me enojaba y todo terminaba en un escándalo que hacía sufrir a mi marido, mis hijos y mi mamá. También a mí, porque me sentía igual de bruja. Ahora sé que lo hace porque no puede evitarlo, porque su crítica hacia los demás es la crítica constante que se hace ella a sí misma.

El asunto es que esa vez era el día de la madre y habíamos invitado almorzar a las dos, a ella y a mi madre. Mi abuela tuvo 4 hijos, mis tres tíos y mi madre, pero de alguna manera consiguió que los hijos le quedaran solterones. Ahí andan los pobres, poniéndose viejos solos, trabajando todo el día y haciendo más gimnasia de la que es saludable durante lo que queda del día para tapar la angustia y la soledad.

Y también para ponerla contenta. La abuela no es perfeccionista con los armarios nomás. Es perfeccionista con todo, también con los cuerpos de su descendencia. No quiere ver ni un gramo de grasa ni un rollo que se escapa por ahí en ninguna persona de su familia, así que tiene a hijos, nietos y otros parientes cercanos al trote, mandándolos a hacer dieta, a yoga y a pilates.

“Nena, estás un poquito gorda, ¿Cuándo vas a empezar a hacer dieta?” Dijo la abuela hinchapelotas mientras estaba de visita el día de la madre. Y aunque me dan ganas de partirle un plato en la cabeza, la perdono.

La abuela se quedó viuda hace seis meses y eso hace que esté un poco más inaguantable que de costumbre y que mis tíos y mi madre le presten más atención que la que se merece. Pero hoy nos tiene reservada una noticia; a los postres se empezó a hacer la misteriosa y nos dijo: “Tengo algo para contarles, chicos”. Y ante la desazón de mi madre y la desesperación de los tíos, que esperaban tenerla un tiempito en exclusiva, se despacho con un “tengo novio” de lo más fresco.

A mi madre casi le da un patatús y los tíos empezaron a gritar y a sacudir tanto los brazos que mi nene más chiquito salió corriendo del susto. Cuando todo se tranquilizó, conseguimos enterarnos de a poco de los detalles. La abuela se había conseguido un novio en las reuniones semanales que hacen ella y sus amigas todos los domingos después de misa en la parroquia del barrio. Juntan plata, ropa usada y otras cosas que pueden ser útiles para la gente pobre de la zona y después ofrecen un aperitivo y una picada a la gente que hace las donaciones.

Entre los donantes estaba el novio, 15 años menor que ella, nos cuenta, mientras saca una foto de la cartera que comparte con toda la familia, con una cara de felicidad que hace dar vergüenza ajena. Cuando me llega el turno de mirar la foto, me sobresalto. Detrás de los ojos negros rasgados y la sonrisa seductora, aparece el mismo tipo cuya foto salió la semana pasada en todos los diarios después del atentado a la torre de 25 pisos que se derrumbó en menos de 5 minutos después de la explosión más fuerte que hubo en el país. El atentado, por suerte, tuvo una sola víctima, una señora cincuentona que pasaba por ahí de pura casualidad, pero las pérdidas materiales son incalculables.

Sigo mirando la foto, un poco aturdida, mientras la escucho contar el resto sin darme cuenta muy bien si lo que escucho es cierto o me lo estoy imaginando: se pinta los labios, le sonríe al especjo y nos dice que el novio estaba necesitando plata para ayudar a su familia, así que vendió todas las joyas que le regaló el abuelo, vació la caja de seguridad donde estaban todos los ahorros de los dos y liquidó el paquete de acciones que supuestamente se iba a repartir entre sus cuatro hijos.

Me quedo paralizada con la mirada clavada en los demás. Están todos igual de estupefactos y sé que todos nos hacemos la misma pregunta: ¿No habrá venido con una bomba en la cartera?

Día 2

El mundo no va a terminar en llamas. A lo mejor congelado, o inundado, o sacudido por un terremoto gigante. A lo mejor justo durante el terremoto, se destruye el rascacielos que queda a 500 metros de mi casa en el mismo momento que estoy pasando por ahí. Si alcanzo a darme cuenta del derrumbe ¿En qué pensaré? ¿En salir corriendo? ¿O en acurrucarme para esperar la muerte? Lo más probable es que cierre los ojos para esperar que pase, como hago siempre. Y en esos segundos en que lo que sigue no es que pase sino el aplastamiento ¿Qué veré? ¿Qué sentiré? ¿Qué tendré ganas de decir y a quién?

En el living de mi casa hay una planta que en estos días hace 26 años que me la regalaron pero no parece. A veces la miro y no puedo creer que todavía esté viva, que siga dando hojas nuevas y 4 o 5 flores todos los años. Pasó por épocas buenas y otras malas, a veces se secó y estuvo toda mustia, otras veces le dio poco el sol y se puso amarilla. Pero la vez que más sufrió fue cuando el único cachorro que vivió cerca de ella estaba empecinado en masticarle las hojas. Ahora está linda y fuerte y quizás piense en ella cuando el edificio se me caiga encima. ¿Quién la va a seguir cuidando? Hay que regarla seguido y cortarle las hojas que se ponen amarillas bien desde abajo y las flores cuando se marchitan.

En el norte de Dinamarca hay un lugar que se llama Skagen, famoso en la historia del arte porque un grupo de pintores se instaló ahí e hizo unos cuadros con una iluminación muy especial. En Skagen termina Dinamarca, igual igual a como se ve en los mapas. Uno se para en la punta del país y de un lado vienen las olas del Mar Báltico y del otro las del Mar del Norte y aunque uno pudiera pensar que es un espectáculo violento, en realidad es de lo más tranquilizador. Las olas son bien suavecitas. Me pregunto cómo será los días de tormenta.

Ya no queda casi tiempo. Tendría que haber ordenado la cómoda antes de morir. Los cajones están llenos de todos los cachivaches que junté en los últimos 35 años. Hay relojes que no usé nunca, la alianza que dejé de usar hace años, collares oxidados, enchufes de aparatos que dejaron de andar, pañuelos de seda viejos, toallas y mantitas de cuando los chicos eran bebés y estaban esperando que nacieran los nietitos.

En Praga hay un puente donde hay gente que pide limosna de rodillas y uno se siente como en el Medioevo. El puente se debe estar derrumbando también y los limosneros deben estar hundiéndose en el agua helada con los pedazos de puente. Entre gente y pedazos de puente que se hunden debe haber unos remolinos atroces. Me pregunto cuán lejos quedará el fondo y quién llegará primero.

Creo que lo mejor que hice en mi vida fue ser mamá, pero mi hijo menor a veces no está del todo satisfecho. No sé cómo podría haberlo hecho mejor. Igual, menos mal que ellos no están aquí cerca ahora mientras la torre se me viene encima. La ley natural de la vida es que los padres mueran antes que los hijos.

Me quedaron cosas sin hacer, me hubiera gustado aprender a meditar como hacen los monjes tibetanos que flotan en el aire, hacer un millón de repeticiones de una manera especial de respirar para alcanzar el nirvana, o algo así. Una vez había aprendido cómo empezar pero nunca seguí practicando.

¿Y qué va a pasar con todas mis cuentas digitales? Cuentas de email en montones de servers, cuentas en diarios y revistas y e-shops, cuentas de banco, nombres de usuario, contraseñas, datos, fotos, mensajes y chats. Siempre quise organizar todo en un documento para que el que vacíe mi casa borre mi huella digital. No lo hice y aquí está la torre de 25 pisos cayéndoseme encima.

Bueno, por lo menos me aplastó una torre famosa. Una torre famosa con mala fama, una torre que se construyó sobre las ruinas de la casa de un artista enfrente de un convento donde durante un tiempo estuvo la facultad de arquitectura y ahora hay una escuela de fotografía. Una torre que no se tendría que haber caído nunca.

Día 1

Mientras miraba por la ventana del tren una bolsa de plástico que parecía planear en el cielo azul y espeso del final del verano, se dio cuenta de que por primera vez después de casi un siglo estaba pensando en otra cosa y fue como si se hubiera convertido en esa bolsa de plástico flotante, por el peso que se le cayó de encima.

Había estado enamorado de esa mujer desde que se acordaba. Fue enamorándose de a poco, sin darse cuenta casi, hasta que un día, mientras iba por la calle en bicicleta, tuvo que parar porque sino se iba al piso. Entonces, sonriéndose a sí mismo, se habló y se dijo con sorpresa “Uh, estoy enamorado”. En esa capacidad de saberse enamorado se sintió más hombre y más feliz. Se sintió vivo.

Desde ese día no hizo más que buscarla para estar con ella. El objeto del amor es calor, es abrigo, es el sol que sale por la mañana, el perfume de los tilos en primavera, el color de las lavandas florecidas en el verano, la luna grandísima del otoño. Y él la necesitaba para no pasar frío, ni hambre ni falta de vitaminas. Cerca de ella, se sentía abrigado, iluminado, perfumado, fuerte, ágil, liviano y feliz.

Y ella al principio le correspondía, y se buscaban mutuamente, desde lejos con los ojos, desde cerca con las manos y los brazos primero, con las bocas y las piernas después. En los momentos en que los ojos y las manos y los brazos y las piernas y las bocas se encontraban era como si los pulmones se llenaran de oxígeno, el corazón de algo que se derretía y la panza de un caldo de gallina bien calentito y sabroso.

Bueno, y un buen día ella desapareció. Desapareció sin decir ni pío, sin saludar y sin llamar por teléfono. Desapareció sin hablar con las amigas, sin hablar con los parientes, sin hablar con los compañeros de la facultad ni los colegas del trabajo. Desapareció sin dejar rastros. Desapareció bien desaparecida.

Y ahí se quedó él, con el amor rebalsándole por todos los costados del alma, con las hilachas del amor que se le escapaban del cuerpo, con los brazos que se le estiraban inútiles de las ganas de abrazarla todo el tiempo, con los ojos que no se acostumbraban al vacío de dejar de verla.

El vacío de estar enamorado de alguien que no es.

Lo peor de un amor nuevo que se termina de golpe es que uno no le puede contar a nadie lo enamorado que estaba ni lo triste que está sin que la gente se lo tome un poco en sorna y lo mire como si estuviera loco. El amor nuevo que se termina de golpe es el amor más real y más sin sentido que existe. Es un amor que existe pero no existió. Es un amor transparente e invisible y también medio ridículo. Se termina convirtiendo en un fantasma pero, sobre todo, en un secreto.

El caso es que nuestro hombre se calló y no habló nunca más de la mujer que se había ido, aunque no por eso la olvidó. La verdad era que no dejaba ni durante un segundo de pensar en ella. Ella era lo primero en lo que pensaba cuando se despertaba a la mañana y lo último en lo que pensaba en los últimos minutos antes de dormir. Si se despertaba en la mitad de la noche o le daba insomnio, pensaba en ella. Mientras tomaba el desayuno, pensaba en ella. Pensaba en ella mientras se bañaba, mientras iba en el colectivo a trabajar, cuando iba a la panadería, cuando se compraba un traje o cuando estaba bailando en una fiesta.

Seguía pensando en ella cuando conoció a su futura esposa, el día que se casaron por iglesia y cada vez que nació uno de los 5 hijos que tuvieron. Cuando nacía un bebé nuevo su primer pensamiento al verlo era lo mucho que le hubiera gustado que ella también lo viera. Los hijos crecían y seguía pensando en ella sin parar. A medida que pasaba el tiempo, lo que al principio lo hacía sufrir tanto se iba transformando en una especie de vida en dos carriles. Una vida en la que vivía y otra vida en la que pensaba en ella. O la misma vida, pero con un tatuaje en el alma: ella.

Y así pasaron los años. A veces no entendía cómo era posible tener dos vidas. Una en la que pensaba, escribía, daba conferencias, manejaba camiones, sacaba fotocopias y fundaba una familia y otra en la que pensaba sin parar en una mujer que había desaparecido sin decir ni pío.

Hasta el día en que desde la ventanilla del tren vio volar una bolsa de plástico casi transparente en el medio del calor del verano y descubrió que solamente estaba pensando en esa bolsa, en cómo hacía esa bolsa para flotar así en el cielo azul y espeso, en cómo se hacía cada vez más transparente y desaparecía en el aire. Por primera vez en todos esos años estaba pensando en una sola cosa. Y se sintió aliviado. Pero también vacío. Pero también feliz.