Los dos nenes más chicos hinchaban e hinchaban con que querían un perro. La mamá, que nunca había tenido uno, no estaba muy segura. Criar un perro en un departamento de tres ambientes le parecía imposible, pero al final cedió. El papá, que de chico nunca no había tenido perro, pensó que iba a ser fácil, pero había vivido en una casa de pueblo con jardín. El departamento no era grande aunque igual siempre tenían el balcón y ya se estaban por ir de vacaciones.
El hombre llevaba apenas un año jubilado. Los hijos ya se habían ido de la casa y casi nunca venían de visita. Estaban muy ocupados y todavía no tenían nietos que mostrar. Su mujer era algunos años más joven y, además de trabajar mucho, se iba de viaje varias veces por mes. Para sus ratos solitarios, tenía una biblioteca con unos cuantos libros sin leer y la perra que lo acompañaba siempre a pasear por el bosque y comprar pan.
Con la ayuda del veterinario de la otra cuadra consiguieron un cachorro mestizo hermoso, de color marrón. El perrito era hijo de una setter inglesa perdida que había parido seis cachorros en un refugio y posiblemente de un labrador, por las orejas. Tenía los ojitos color miel, algunas manchitas claras en el lomo y se movía de aquí para allá, sacudiendo la cola. Ya estaba vacunado y todo pero todavía no había aprendido a no hacer pis por todos lados. Los nenes lo vieron y se quedaron encantados. Esa misma noche, el perrito durmió en la cocina del departamento, donde habían cubierto el piso de papel de diario, para que no ensuciara.
Westie era su mejor compañía. Era una perra mestiza, cruza de setter irlandés y bichón maltés. No era muy grande pero sí muy inquieta y mimosa y tenía los ojos color miel y el pelo largo, con algunos rulos. Con tanta energía había dado trabajo educarla aunque una vez que aprendió no tuvo igual. De vieja se había puesto más sedentaria, pero siempre estaba dispuesta a una buena caminata por ahí.
Pronto salieron de vacaciones. Como el perro era chiquito, lo metieron en un canasto y pudo viajar con ellos en el tren. En la casa de los abuelos, sobre la playa, también había jardín. El perrito era muy inteligente y cariñoso y aprendió bastante pronto a no ensuciar adentro de la casa. Seguía a los chicos por todos lados y los chicos lo seguían a él. Iban juntos a la playa y el perrito pronto le perdió miedo a las olas. Como buen hijo de labrador, se metía al agua cada vez que podía y al final del día era un pegote de arena y sal.
En la mitad del invierno a Westie le dió una neumonía y no hubo manera de salvarla. El hombre al principio no caía en la cuenta de que le faltaba y la seguía buscando para salir. Con el paso de los días cayó en una profunda depresión de la que ni su mujer ni sus hijos podían sacarlo. Todos le decían que se buscara otro perro, pero su Westie era irremplazable y él ya tenía unos años encima y no se sentía del todo bien. Al final del verano, se fue con su mujer a la casa de la playa. Después de unos días el sol, el viento y el olor a mar le mejoraron un poco el ánimo.
Las vacaciones se terminaban y los chicos ya se habían aburrido un poco del perro. Lo querían, sí, pero ya no se ocupaban casi nada de él. Los padres se encargaban de darle de comer, de jugar con él y de mantener la casa ordenada y limpia a su alrededor. Pero sabían que todo era más fácil en una casa de vacaciones con jardín. El día de la vuelta a la ciudad, se miraron entre los dos y decidieron olvidarlo. Los chicos ni parecieron darse cuenta.
Las cuatro amigas venían conversando por la playa cuando vieron pasar un perrito marrón que iba derechito al agua. El perrito se acercó al hombre que caminaba solo y encorvado por el borde del mar y lo empezó a seguir, acercándose cada vez más. El hombre no hacía nada al principio pero después se dio vuelta a mirarlo y se quedó parado. El perrito empezó a mover la cola, expectante, no sabiendo si quedarse o seguir. El hombre se agachó y lo acarició. Después agarró un palo y lo tiró lejos. El perrito corrió a buscarlo y se lo devolvió. Y así jugaron un rato hasta que se cansaron.
Mientra se ponía el sol, las cuatro amigas los vieron irse juntos. El hombre iba caminando bien erguido mientras el perrito le daba vueltas alrededor.