“Tenés la casa muy sucia, nena” Lo primero que dice mi abuela cada vez que llega a visitarme. Sé que viene y empiezo a limpiar tres días antes, para cuidar todos los detalles y que no haya ni una miguita de polvo arriba de los muebles. Tengo hasta los armarios impecables, porque sé que en algún momento pasa por ahí y los revisa y si encuentra un calzón mezclado con las medias me trata de mugrienta.
Igual no queda nunca contenta y siempre encuentra algo para criticar, aunque lo invente. Al principio, me enojaba y todo terminaba en un escándalo que hacía sufrir a mi marido, mis hijos y mi mamá. También a mí, porque me sentía igual de bruja. Ahora sé que lo hace porque no puede evitarlo, porque su crítica hacia los demás es la crítica constante que se hace ella a sí misma.
El asunto es que esa vez era el día de la madre y habíamos invitado almorzar a las dos, a ella y a mi madre. Mi abuela tuvo 4 hijos, mis tres tíos y mi madre, pero de alguna manera consiguió que los hijos le quedaran solterones. Ahí andan los pobres, poniéndose viejos solos, trabajando todo el día y haciendo más gimnasia de la que es saludable durante lo que queda del día para tapar la angustia y la soledad.
Y también para ponerla contenta. La abuela no es perfeccionista con los armarios nomás. Es perfeccionista con todo, también con los cuerpos de su descendencia. No quiere ver ni un gramo de grasa ni un rollo que se escapa por ahí en ninguna persona de su familia, así que tiene a hijos, nietos y otros parientes cercanos al trote, mandándolos a hacer dieta, a yoga y a pilates.
“Nena, estás un poquito gorda, ¿Cuándo vas a empezar a hacer dieta?” Dijo la abuela hinchapelotas mientras estaba de visita el día de la madre. Y aunque me dan ganas de partirle un plato en la cabeza, la perdono.
La abuela se quedó viuda hace seis meses y eso hace que esté un poco más inaguantable que de costumbre y que mis tíos y mi madre le presten más atención que la que se merece. Pero hoy nos tiene reservada una noticia; a los postres se empezó a hacer la misteriosa y nos dijo: “Tengo algo para contarles, chicos”. Y ante la desazón de mi madre y la desesperación de los tíos, que esperaban tenerla un tiempito en exclusiva, se despacho con un “tengo novio” de lo más fresco.
A mi madre casi le da un patatús y los tíos empezaron a gritar y a sacudir tanto los brazos que mi nene más chiquito salió corriendo del susto. Cuando todo se tranquilizó, conseguimos enterarnos de a poco de los detalles. La abuela se había conseguido un novio en las reuniones semanales que hacen ella y sus amigas todos los domingos después de misa en la parroquia del barrio. Juntan plata, ropa usada y otras cosas que pueden ser útiles para la gente pobre de la zona y después ofrecen un aperitivo y una picada a la gente que hace las donaciones.
Entre los donantes estaba el novio, 15 años menor que ella, nos cuenta, mientras saca una foto de la cartera que comparte con toda la familia, con una cara de felicidad que hace dar vergüenza ajena. Cuando me llega el turno de mirar la foto, me sobresalto. Detrás de los ojos negros rasgados y la sonrisa seductora, aparece el mismo tipo cuya foto salió la semana pasada en todos los diarios después del atentado a la torre de 25 pisos que se derrumbó en menos de 5 minutos después de la explosión más fuerte que hubo en el país. El atentado, por suerte, tuvo una sola víctima, una señora cincuentona que pasaba por ahí de pura casualidad, pero las pérdidas materiales son incalculables.
Sigo mirando la foto, un poco aturdida, mientras la escucho contar el resto sin darme cuenta muy bien si lo que escucho es cierto o me lo estoy imaginando: se pinta los labios, le sonríe al especjo y nos dice que el novio estaba necesitando plata para ayudar a su familia, así que vendió todas las joyas que le regaló el abuelo, vació la caja de seguridad donde estaban todos los ahorros de los dos y liquidó el paquete de acciones que supuestamente se iba a repartir entre sus cuatro hijos.
Me quedo paralizada con la mirada clavada en los demás. Están todos igual de estupefactos y sé que todos nos hacemos la misma pregunta: ¿No habrá venido con una bomba en la cartera?