Oh, qué pereza. Menos mal que estamos todas las hermanas y seguro que algunos de los chicos nos van a ayudar. Es lo primero que pienso al despertarme. El sol está ya bastante alto aunque es todavía temprano. Se escucha el canto de los pájaros y el ruido de un viento suave entre los eucaliptos. Los tilos siguen perfumando el aire pero por el olor tan intenso no debe faltar mucho para que se termine. No hay ningún ruido en la casa, deben estar todos durmiendo todavía.
Me levanto despacio, me pongo un batón y las ojotas, voy al baño y después a la cocina. Lleno la cafetera de café y la pongo al fuego. Apenas está listo el café, me lleno un tazón y salgo al patio. Qué lindo salió todo ayer, pienso, mientras miro el pasto brillante y la planta de jazmín, que ya tiene sus primeras flores. De este lado de la casa no se nota nada de la fiesta, vamos a ver del otro lado.
Del otro lado sí se nota. Camino hasta las filas de mesas mientras voy tomando sorbitos de mi taza de café y veo que hay bastante por hacer. La pileta está bien sucia, va a haber que sacar basura, barrer y filtrar el agua todo el día. Hay un lío de mesas y sillas y platitos y vasos y copas y botellas de champán vacías. El último brindis terminó de madrugada, por lo visto. Yo ya me había ido a dormir. ¡Fue un día larguísimo!
Llevábamos unos tres meses preparando el casamiento de mi sobrina la jurista. Como es tradición en la familia, la ceremonia religiosa iba a ser a la mañana y después la fiesta al aire libre, en la quinta de los abuelos. Con mis hermanas ya estamos acostumbradas a organizar fiestorros – debe ser el quinto o el sexto este – y hay que decir que nos salen cada vez mejor. Nos da menos trabajo y nos ponemos menos nerviosas, lo que nos deja disfrutarlos más. Además, ya convertidas en generalas, repartimos el trabajo entre hijas, hijos, sobris y maridos.
La fiesta empezó a la hora del desayuno, antes de ir a la iglesia, nomás con la familia cercana de los novios, que igual éramos un montón. Julita, la novia, no podía probar bocado de los nervios, pero le preparamos un yogur con miel, nueces y cubitos de durazno. A ver si se nos desmayaba delante de todos en la iglesia, mientras el novio le ponía el anillo al dedo. Para el resto hubo café, té, jugos, medialunas, muffins, jamones, quesos, huevos, salmón y fletán marinados y panes varios. Y champán. Nos copiamos la idea de los buffets en los hoteles de Alemania y lo repetimos cada vez.
Los asadores que había contratado el papá de Julita habían empezado de madrugada y ya tenían una vaca y los cinco corderos que había traído mi cuñado Víctor del sur asándose despacito al asador. Todos los acompañamientos ya estaban listos desde la noche anterior, y teníamos un cuartito bien cerrado con el aire acondicionado a todo trapo que estábamos usando para enfriar el champán, el vino blanco y las bebidas para los cocktails.
En cuanto Julita estuvo vestida, salimos para la iglesia. Hubo un par de apurones de último momento, pero todos llegamos bien. La iglesia estaba repleta, y hermosa, de las flores se había encargado Inesita, la mamá. Ramos de todos los tamaños de peonias rosadas, violetas, lilas y bordó, mezcladas con flores silvestres y hojas verdes, todo haciendo juego con el ramo de la novia, que por suerte no se desmayó.
La música, barroca, la eligió mi hermana Ana. Había encontrado una orquesta de cámara de músicos recién salidos del conservatorio que se sumaron al organista y el coro de la parroquia en un concierto maravilloso. Al final, estábamos todos llorando, menos el novio, que estaba tan feliz con su recién casada que parecía que se la iba a llevar volando a París.
El resto del día comimos, bebimos, reímos, bailamos (entre los cuñados y los tíos armaron una banda que tocó de todo), nos besamos y abrazamos y festejamos a Julita y a Simón. Hubo un poco de lío un par de veces, alguna que se confundió de marido y otro que tomó un poco de más. Entre los más jóvenes hubo montones de romances nuevos, ya nos habíamos encargado nosotras de acomodarlos bien en las mesas para que se cruzaran como por casualidad. Yo me fui a dormir después de que se escaparon los recién casados pero la fiesta siguió hasta que los grillos dejaron de cantar.
Bueno, a ordenar. Esta tarde quizás hasta puedo tomar sol. Por la comida no hay que preocuparse demasiado, nomás acomodar y servir lindo todo lo que quedó. Que se encarguen las chicas.