El mundo no va a terminar en llamas. A lo mejor congelado, o inundado, o sacudido por un terremoto gigante. A lo mejor justo durante el terremoto, se destruye el rascacielos que queda a 500 metros de mi casa en el mismo momento que estoy pasando por ahí. Si alcanzo a darme cuenta del derrumbe ¿En qué pensaré? ¿En salir corriendo? ¿O en acurrucarme para esperar la muerte? Lo más probable es que cierre los ojos para esperar que pase, como hago siempre. Y en esos segundos en que lo que sigue no es que pase sino el aplastamiento ¿Qué veré? ¿Qué sentiré? ¿Qué tendré ganas de decir y a quién?
En el living de mi casa hay una planta que en estos días hace 26 años que me la regalaron pero no parece. A veces la miro y no puedo creer que todavía esté viva, que siga dando hojas nuevas y 4 o 5 flores todos los años. Pasó por épocas buenas y otras malas, a veces se secó y estuvo toda mustia, otras veces le dio poco el sol y se puso amarilla. Pero la vez que más sufrió fue cuando el único cachorro que vivió cerca de ella estaba empecinado en masticarle las hojas. Ahora está linda y fuerte y quizás piense en ella cuando el edificio se me caiga encima. ¿Quién la va a seguir cuidando? Hay que regarla seguido y cortarle las hojas que se ponen amarillas bien desde abajo y las flores cuando se marchitan.
En el norte de Dinamarca hay un lugar que se llama Skagen, famoso en la historia del arte porque un grupo de pintores se instaló ahí e hizo unos cuadros con una iluminación muy especial. En Skagen termina Dinamarca, igual igual a como se ve en los mapas. Uno se para en la punta del país y de un lado vienen las olas del Mar Báltico y del otro las del Mar del Norte y aunque uno pudiera pensar que es un espectáculo violento, en realidad es de lo más tranquilizador. Las olas son bien suavecitas. Me pregunto cómo será los días de tormenta.
Ya no queda casi tiempo. Tendría que haber ordenado la cómoda antes de morir. Los cajones están llenos de todos los cachivaches que junté en los últimos 35 años. Hay relojes que no usé nunca, la alianza que dejé de usar hace años, collares oxidados, enchufes de aparatos que dejaron de andar, pañuelos de seda viejos, toallas y mantitas de cuando los chicos eran bebés y estaban esperando que nacieran los nietitos.
En Praga hay un puente donde hay gente que pide limosna de rodillas y uno se siente como en el Medioevo. El puente se debe estar derrumbando también y los limosneros deben estar hundiéndose en el agua helada con los pedazos de puente. Entre gente y pedazos de puente que se hunden debe haber unos remolinos atroces. Me pregunto cuán lejos quedará el fondo y quién llegará primero.
Creo que lo mejor que hice en mi vida fue ser mamá, pero mi hijo menor a veces no está del todo satisfecho. No sé cómo podría haberlo hecho mejor. Igual, menos mal que ellos no están aquí cerca ahora mientras la torre se me viene encima. La ley natural de la vida es que los padres mueran antes que los hijos.
Me quedaron cosas sin hacer, me hubiera gustado aprender a meditar como hacen los monjes tibetanos que flotan en el aire, hacer un millón de repeticiones de una manera especial de respirar para alcanzar el nirvana, o algo así. Una vez había aprendido cómo empezar pero nunca seguí practicando.
¿Y qué va a pasar con todas mis cuentas digitales? Cuentas de email en montones de servers, cuentas en diarios y revistas y e-shops, cuentas de banco, nombres de usuario, contraseñas, datos, fotos, mensajes y chats. Siempre quise organizar todo en un documento para que el que vacíe mi casa borre mi huella digital. No lo hice y aquí está la torre de 25 pisos cayéndoseme encima.
Bueno, por lo menos me aplastó una torre famosa. Una torre famosa con mala fama, una torre que se construyó sobre las ruinas de la casa de un artista enfrente de un convento donde durante un tiempo estuvo la facultad de arquitectura y ahora hay una escuela de fotografía. Una torre que no se tendría que haber caído nunca.