Category: Uncategorised

Día 14

Los dos nenes más chicos hinchaban e hinchaban con que querían un perro. La mamá, que nunca había tenido uno, no estaba muy segura. Criar un perro en un departamento de tres ambientes le parecía imposible, pero al final cedió. El papá, que de chico nunca no había tenido perro, pensó que iba a ser fácil, pero había vivido en una casa de pueblo con jardín. El departamento no era grande aunque igual siempre tenían el balcón y ya se estaban por ir de vacaciones.

El hombre llevaba apenas un año jubilado. Los hijos ya se habían ido de la casa y casi nunca venían de visita. Estaban muy ocupados y todavía no tenían nietos que mostrar. Su mujer era algunos años más joven y, además de trabajar mucho, se iba de viaje varias veces por mes. Para sus ratos solitarios, tenía una biblioteca con unos cuantos libros sin leer y la perra que lo acompañaba siempre a pasear por el bosque y comprar pan.

Con la ayuda del veterinario de la otra cuadra consiguieron un cachorro mestizo hermoso, de color marrón. El perrito era hijo de una setter inglesa perdida que había parido seis cachorros en un refugio y posiblemente de un labrador, por las orejas. Tenía los ojitos color miel, algunas manchitas claras en el lomo y se movía de aquí para allá, sacudiendo la cola. Ya estaba vacunado y todo pero todavía no había aprendido a no hacer pis por todos lados. Los nenes lo vieron y se quedaron encantados. Esa misma noche, el perrito durmió en la cocina del departamento, donde habían cubierto el piso de papel de diario, para que no ensuciara.

Westie era su mejor compañía. Era una perra mestiza, cruza de setter irlandés y bichón maltés. No era muy grande pero sí muy inquieta y mimosa y tenía los ojos color miel y el pelo largo, con algunos rulos. Con tanta energía había dado trabajo educarla aunque una vez que aprendió no tuvo igual. De vieja se había puesto más sedentaria, pero siempre estaba dispuesta a una buena caminata por ahí.

Pronto salieron de vacaciones. Como el perro era chiquito, lo metieron en un canasto y pudo viajar con ellos en el tren. En la casa de los abuelos, sobre la playa, también había jardín. El perrito era muy inteligente y cariñoso y aprendió bastante pronto a no ensuciar adentro de la casa. Seguía a los chicos por todos lados y los chicos lo seguían a él. Iban juntos a la playa y el perrito pronto le perdió miedo a las olas. Como buen hijo de labrador, se metía al agua cada vez que podía y al final del día era un pegote de arena y sal.

En la mitad del invierno a Westie le dió una neumonía y no hubo manera de salvarla. El hombre al principio no caía en la cuenta de que le faltaba y la seguía buscando para salir. Con el paso de los días  cayó en una profunda depresión de la que ni su mujer ni sus hijos podían sacarlo. Todos le decían que se buscara otro perro, pero su Westie era irremplazable y él ya tenía unos años encima y no se sentía del todo bien. Al final del verano, se fue con su mujer a la casa de la playa. Después de unos días el sol, el viento y el olor a mar le mejoraron un poco el ánimo.

Las vacaciones se terminaban y los chicos ya se habían aburrido un poco del perro. Lo querían, sí, pero ya no se ocupaban casi nada de él. Los padres se encargaban de darle de comer, de jugar con él y de mantener la casa ordenada y limpia a su alrededor. Pero sabían que todo era más fácil en una casa de vacaciones con jardín. El día de la vuelta a la ciudad, se miraron entre los dos y decidieron olvidarlo. Los chicos ni parecieron darse cuenta.

Las cuatro amigas venían conversando por la playa cuando vieron pasar un perrito marrón que iba derechito al agua. El perrito se acercó al hombre que caminaba solo y encorvado por el borde del mar y lo empezó a seguir, acercándose cada vez más. El hombre no hacía nada al principio pero después se dio vuelta a mirarlo y se quedó parado. El perrito empezó a mover la cola, expectante, no sabiendo si quedarse o seguir. El hombre se agachó y lo acarició. Después agarró un palo y lo tiró lejos. El perrito corrió a buscarlo y se lo devolvió. Y así jugaron un rato hasta que se cansaron.

Mientra se ponía el sol, las cuatro amigas los vieron irse juntos. El hombre iba caminando bien erguido mientras el perrito le daba vueltas alrededor.

Día 13

Oh, qué pereza. Menos mal que estamos todas las hermanas y seguro que algunos de los chicos nos van a ayudar. Es lo primero que pienso al despertarme. El sol está ya bastante alto aunque es todavía temprano. Se escucha el canto de los pájaros y el ruido de un viento suave entre los eucaliptos. Los tilos siguen perfumando el aire pero por el olor tan intenso no debe faltar mucho para que se termine. No hay ningún ruido en la casa, deben estar todos durmiendo todavía.

Me levanto despacio, me pongo un batón y las ojotas, voy al baño y después a la cocina. Lleno la cafetera de café y la pongo al fuego. Apenas está listo el café, me lleno un tazón y salgo al patio. Qué lindo salió todo ayer, pienso, mientras miro el pasto brillante y la planta de jazmín, que ya tiene sus primeras flores. De este lado de la casa no se nota nada de la fiesta, vamos a ver del otro lado.

Del otro lado sí se nota. Camino hasta las filas de mesas mientras voy tomando sorbitos de mi taza de café y veo que hay bastante por hacer. La pileta está bien sucia, va a haber que sacar basura, barrer y filtrar el agua todo el día. Hay un lío de mesas y sillas y platitos y vasos y copas y botellas de champán vacías. El último brindis terminó de madrugada, por lo visto. Yo ya me había ido a dormir. ¡Fue un día larguísimo!

Llevábamos unos tres meses preparando el casamiento de mi sobrina la jurista. Como es tradición en la familia, la ceremonia religiosa iba a ser a la mañana y después la fiesta al aire libre, en la quinta de los abuelos. Con mis hermanas ya estamos acostumbradas a organizar fiestorros – debe ser el quinto o el sexto este – y hay que decir que nos salen cada vez mejor. Nos da menos trabajo y nos ponemos menos nerviosas, lo que nos deja disfrutarlos más. Además, ya convertidas en generalas, repartimos el trabajo entre hijas, hijos, sobris y maridos.

La fiesta empezó a la hora del desayuno, antes de ir a la iglesia, nomás con la familia cercana de los novios, que igual éramos un montón. Julita, la novia, no podía probar bocado de los nervios, pero le preparamos un yogur con miel, nueces y cubitos de durazno. A ver si se nos desmayaba delante de todos en la iglesia, mientras el novio le ponía el anillo al dedo. Para el resto hubo café, té, jugos, medialunas, muffins, jamones, quesos, huevos, salmón y fletán marinados y panes varios. Y champán. Nos copiamos la idea de los buffets en los hoteles de Alemania y lo repetimos cada vez.

Los asadores que había contratado el papá de Julita habían empezado de madrugada y ya tenían una vaca y los cinco corderos que había traído mi cuñado Víctor del sur asándose despacito al asador. Todos los acompañamientos ya estaban listos desde la noche anterior, y teníamos un cuartito bien cerrado con el aire acondicionado a todo trapo que estábamos usando para enfriar el champán, el vino blanco y las bebidas para los cocktails.

En cuanto Julita estuvo vestida, salimos para la iglesia. Hubo un par de apurones de último momento, pero todos llegamos bien. La iglesia estaba repleta, y hermosa, de las flores se había encargado Inesita, la mamá. Ramos de todos los tamaños de peonias rosadas, violetas, lilas y bordó, mezcladas con flores silvestres y hojas verdes, todo haciendo juego con el ramo de la novia, que por suerte no se desmayó.

La música, barroca, la eligió mi hermana Ana. Había encontrado una orquesta de cámara de músicos recién salidos del conservatorio que se sumaron al organista y el coro de la parroquia en un concierto maravilloso. Al final, estábamos todos llorando, menos el novio, que estaba tan feliz con su recién casada que parecía que se la iba a llevar volando a París.

El resto del día comimos, bebimos, reímos, bailamos (entre los cuñados y los tíos armaron una banda que tocó de todo), nos besamos y abrazamos y festejamos a Julita y a Simón. Hubo un poco de lío un par de veces, alguna que se confundió de marido y otro que tomó un poco de más. Entre los más jóvenes hubo montones de romances nuevos, ya nos habíamos encargado nosotras de acomodarlos bien en las mesas para que se cruzaran como por casualidad. Yo me fui a dormir después de que se escaparon los recién casados pero la fiesta siguió hasta que los grillos dejaron de cantar.

Bueno, a ordenar. Esta tarde quizás hasta puedo tomar sol. Por la comida no hay que preocuparse demasiado, nomás acomodar y servir lindo todo lo que quedó. Que se encarguen las chicas.