Mientras miraba por la ventana del tren una bolsa de plástico que parecía planear en el cielo azul y espeso del final del verano, se dio cuenta de que por primera vez después de casi un siglo estaba pensando en otra cosa y fue como si se hubiera convertido en esa bolsa de plástico flotante, por el peso que se le cayó de encima.
Había estado enamorado de esa mujer desde que se acordaba. Fue enamorándose de a poco, sin darse cuenta casi, hasta que un día, mientras iba por la calle en bicicleta, tuvo que parar porque sino se iba al piso. Entonces, sonriéndose a sí mismo, se habló y se dijo con sorpresa “Uh, estoy enamorado”. En esa capacidad de saberse enamorado se sintió más hombre y más feliz. Se sintió vivo.
Desde ese día no hizo más que buscarla para estar con ella. El objeto del amor es calor, es abrigo, es el sol que sale por la mañana, el perfume de los tilos en primavera, el color de las lavandas florecidas en el verano, la luna grandísima del otoño. Y él la necesitaba para no pasar frío, ni hambre ni falta de vitaminas. Cerca de ella, se sentía abrigado, iluminado, perfumado, fuerte, ágil, liviano y feliz.
Y ella al principio le correspondía, y se buscaban mutuamente, desde lejos con los ojos, desde cerca con las manos y los brazos primero, con las bocas y las piernas después. En los momentos en que los ojos y las manos y los brazos y las piernas y las bocas se encontraban era como si los pulmones se llenaran de oxígeno, el corazón de algo que se derretía y la panza de un caldo de gallina bien calentito y sabroso.
Bueno, y un buen día ella desapareció. Desapareció sin decir ni pío, sin saludar y sin llamar por teléfono. Desapareció sin hablar con las amigas, sin hablar con los parientes, sin hablar con los compañeros de la facultad ni los colegas del trabajo. Desapareció sin dejar rastros. Desapareció bien desaparecida.
Y ahí se quedó él, con el amor rebalsándole por todos los costados del alma, con las hilachas del amor que se le escapaban del cuerpo, con los brazos que se le estiraban inútiles de las ganas de abrazarla todo el tiempo, con los ojos que no se acostumbraban al vacío de dejar de verla.
El vacío de estar enamorado de alguien que no es.
Lo peor de un amor nuevo que se termina de golpe es que uno no le puede contar a nadie lo enamorado que estaba ni lo triste que está sin que la gente se lo tome un poco en sorna y lo mire como si estuviera loco. El amor nuevo que se termina de golpe es el amor más real y más sin sentido que existe. Es un amor que existe pero no existió. Es un amor transparente e invisible y también medio ridículo. Se termina convirtiendo en un fantasma pero, sobre todo, en un secreto.
El caso es que nuestro hombre se calló y no habló nunca más de la mujer que se había ido, aunque no por eso la olvidó. La verdad era que no dejaba ni durante un segundo de pensar en ella. Ella era lo primero en lo que pensaba cuando se despertaba a la mañana y lo último en lo que pensaba en los últimos minutos antes de dormir. Si se despertaba en la mitad de la noche o le daba insomnio, pensaba en ella. Mientras tomaba el desayuno, pensaba en ella. Pensaba en ella mientras se bañaba, mientras iba en el colectivo a trabajar, cuando iba a la panadería, cuando se compraba un traje o cuando estaba bailando en una fiesta.
Seguía pensando en ella cuando conoció a su futura esposa, el día que se casaron por iglesia y cada vez que nació uno de los 5 hijos que tuvieron. Cuando nacía un bebé nuevo su primer pensamiento al verlo era lo mucho que le hubiera gustado que ella también lo viera. Los hijos crecían y seguía pensando en ella sin parar. A medida que pasaba el tiempo, lo que al principio lo hacía sufrir tanto se iba transformando en una especie de vida en dos carriles. Una vida en la que vivía y otra vida en la que pensaba en ella. O la misma vida, pero con un tatuaje en el alma: ella.
Y así pasaron los años. A veces no entendía cómo era posible tener dos vidas. Una en la que pensaba, escribía, daba conferencias, manejaba camiones, sacaba fotocopias y fundaba una familia y otra en la que pensaba sin parar en una mujer que había desaparecido sin decir ni pío.
Hasta el día en que desde la ventanilla del tren vio volar una bolsa de plástico casi transparente en el medio del calor del verano y descubrió que solamente estaba pensando en esa bolsa, en cómo hacía esa bolsa para flotar así en el cielo azul y espeso, en cómo se hacía cada vez más transparente y desaparecía en el aire. Por primera vez en todos esos años estaba pensando en una sola cosa. Y se sintió aliviado. Pero también vacío. Pero también feliz.