Me gusta mucho ver películas pero soy una espectadora agradecida. Solamente no me gustan las películas decididamente malas. También me gusta elegir a los críticos de cine según ese criterio. Hay críticos de cine a los que no les gusta nada y otros a los que solamente no les gustan las películas decididamente malas. A las demás siempre son capaces de encontrarles algo bueno. A los primeros dejo de leerlos bastante pronto. Los segundos son mis preferidos y sé que si ellos hacen una buena crítica también me va a gustar a mí.
Igual, la película que nos ocupa está bien lejos de ser una película mediocre y les gustaría a los dos, aunque seguro que el primer tipo de críticos le encontraba algún defecto. Pensaba que iba a elegir una más antigua y cuando llegó el momento de hacerlo terminé eligiendo una bastante más nueva, que además no vi hace mucho. En el afiche se ve un edificio rosado que parece una torta de quince, pintada en varios tonos de rosados. Al fondo del edificio vemos un paisaje alpino, o de los Cárpatos, vaya a saber. Los picos son bastante escarpados y en la punta de uno de ellos se ve la escultura de un ciervo.
El edificio es un hotel, the Grand Budapest hotel, un hotel que no está en Budapest sino en un pueblito alejado en algún lugar genérico de Europa del Este que es difícil ubicar. Puede ser en Austria, o en Transilvania, o en algún lugar en el medio. El escenario tiene detalles de Eslovaquia, Polonia, Bulgaria o Rumania.
La película pasa en tres tiempos: un tiempo donde pasa lo que pasa, otro donde uno de los protagonistas de la historia se la cuenta al que nos cuenta la historia, otro donde el relator nos cuenta la historia a nosotros. El hotel no es el mismo en cada tiempo y hasta creo que en el último (cuando nos cuentan la historia a nosotros) ya no existe más, pero del todo segura no estoy.
El género ‘película de hotel’ es uno de mis géneros preferidos. A veces digo en chiste (o más o menos en chiste) que me gustaría vivir el resto de mi vida en un hotel. Un hotel lindo, claro, no un hotelucho. Para vivir me las arreglaría con un cuarto más o menos grande con escritorio y un baño cómodo. El resto de mi vida podría pasar en las áreas comunes del hotel, el lobby, el restaurante, el gimnasio y el spa. Desayuno con buffet todos los días y cenas con amigos con room-service o en el restaurante, según el grado de intimidad. En la película, sin embargo, los protagonistas eligen vivir en las habitaciones de servicio, aunque podrían no hacerlo. Uno hasta cena solo en una esquina de su cuartucho, en una mesita minúscula con lugar para uno solo.
El género ‘película que pasa en Europa del Este’ también es uno de mis géneros preferidos. Películas con castillos en la montaña, hoteles con baños termales alejados de todo, viajes en tren por al borde de acantilados, caminatas por paisajes nevados y confiterías finísimas donde pasteleros apasionados por su oficio construyen pequeñas obras de arte destinadas al placer efímero pero a ser recordadas para siempre.
Al principio y al final de la película, en los créditos, se hace alusión al escritor que inspiró al director, un escritor austríaco al que le iba muy bien en los años treinta pero que terminó su vida de una manera muy trágica, no solo porque se suicidó sino porque la razón de su suicidio fue ridícula. Me pregunto si no será la sensibilidad exacerbada lo que hace hacer estupideces a la gente. Stefan Zweig se fue de Austria con el ascenso del nazismo, primero a Inglaterra y después a Brasil. Sus dos últimas obras, fueron ‘Brasil, tierra del futuro’ (Brasilien. Ein Land der Zukunft) y ‘El mundo de ayer, memorias de un europeo’ (Die Welt von Gestern: Erinnerungen eines Europäers), publicada de manera póstuma, porque se la envió a su editor un día antes de suicidarse junto a su mujer. Dicen que se suicidó porque creía que el nazismo había llegado para dominar el mundo para siempre y se perdió todo lo que vino después. El pesimismo no es nunca un buen consejero.