Día 11

El desayuno perfecto

Mi desayuno es el mismo todos los días salvo los domingos y los días de cumpleaños, que son como un domingo pero mejor.

Dos rodajas de pan, que pueden ser de cualquier tipo, pan blanco, pan negro o pan gris. Mi preferido es el de centeno sin levadura, recién comprado. El olor ácido del pan de centeno fresco, unas pocas horas después de salir del horno, es una de la cosas más deliciosas de la mañana. Aunque el pan recién comprado casi siempre es para los domingos, o para los cumpleaños. En esos días compro un pan grande, y el resto de los días como lo que queda. Si se pone demasiado viejo (y al final de la semana eso bien puede pasar), una vueltita por la tostadora no voy a decir que lo rejuvenece pero sí que le da un toque más interesante que de pan viejo. Sobre todo cuando lo tuesto con mi receta infalible para dejarlo crocante: poner la tostadora al mínimo y tostarlo dos veces dejando que se enfríe un poquito en el medio y otro poquito al final.

No voy a negar que eso lleva un poco de tiempo, pero mientras tanto preparo el café. Dos tazas de la cafetera equivalen a una taza de las mías, así que lleno el recipiente del agua hasta seis. Siempre me gustó tomar el café en un jarro bien grande y lleno bien hasta arriba, y en el desayuno me tomo por lo menos dos. La última la voy tomando más tarde, de a poco, en el estudio. Pongo tres cucharadas bien llenas en el recipiente del café. Antes no me gustaba el café tan fuerte pero ahora sí y siempre termino poniendo una cucharadita extra. Mientras se hace el café, miro las tostadas y las pongo a tostar su segundo turno.

Saco de la heladera jamón, queso y, según el queso, algún dulce. El jamón es siempre crudo, pero los quesos son siempre distintos. Los que más me gustan son los de cabra y, más todavía, los de oveja. A veces también tengo brie, o un gouda maduro y picante o algún queso azul. Para cada queso, va su dulce, aunque con el queso azul me gusta más la miel. Stilton con una miel bien agreste, no muy perfumada, con gusto mineral. Los quesos de leche cruda siempre quedan mejor con mermelada de arándanos, con cualquier otra es como que agarran gusto a leche pasada. Los picantes bien asentados quedan más ricos con dulce de naranja y los más suaves, con dulce de damascos, cerezas negras o frambuesas. A veces también tengo jalea de grosellas, que va perfecto con un queso crema espeso y medio acidito.

Las tostadas ya están frías (tienen que estar frías para que la manteca no se derrita, las únicas tostadas que quedan bien con manteca derretida son las tostadas con dulce de leche) y me preparo una con jamón y otra con queso y dulce. Pongo todo en una tabla de madera, me sirvo el café y me siento en la mesa del comedor con algo para leer que puede ser cualquier cosa, una revista, o un diario o un folleto de esos del supermercado con las ofertas de la semana que me sirvieron para aprender francés. Yo sé que no está bien, me lo dicen todos los médicos y todos los dietistas, pero no puedo tomar el desayuno sin leer. Si no tengo nada para leer, me pongo ansiosa y trago mis tostadas casi sin masticar y me quemo la garganta con el café demasiado caliente. Con algo para leer, voy comiendo tranquila cada bocado mientras me entero de algo nuevo y tomo mi café de a sorbitos. Casi siempre al terminar el desayuno aprendí algo que no sabía: quién ganó las elecciones en el país del mundo en el que hubo elecciones esta semana, o cuál es la mejor marca de lavarropas si uno quiere ahorrar energía, qué cremas hay que usar para mantener la piel joven sin dejar el sueldo en el intento, o qué tal es la última obra del cineasta alemán de moda. Y así, mientras termino de leer el último párrafo de la mañana, estoy casi lista para empezar el día. Casi lista.

El último paso del ritual mañanero es el primer cigarrillo del día. El único cigarrillo por el que no dejo de fumar, ese cigarrillo que me convierte en fumadora empedernida pese a que un atado me dura por lo menos una semana, y casi siempre unos días más. Las ganas de fumar que me dan después de tomar el café del desayuno son las peores del día, las únicas que no puedo controlar, las que me transforman en adicta. Incontenibles, irreprimibles, desesperantes, no me dejan concentrarme en nada más. Ninguna mañana puede terminar bien si no fumo después del café. Busco, nerviosa, el último cigarrillo del atado y descubro casi con náuseas que alguien se lo fumó.