Día 12

Era un día brillante, de ésos con el cielo azul azul y el sol resplandeciente, pero el aire estaba fresco. Se abrigó y salió a pasear. Era un fin de semana largo y parecía que mucha gente se había tomado vacaciones porque las calles estaban casi vacías, lindo para pasear. Primero caminó un rato, pero pronto se aburrió; caminaba siempre por los mismos lados y nunca se alejaba demasiado del barrio. Sin pensarlo demasiado, se tomó el primer colectivo que pasó. Tenía un número raro y supuso que iría hacia la otra punta de la ciudad. Por la ventanilla del colectivo veía pasar las calles arboladas y los barrios de casas bajas. El traqueteo del vehículo por las calles empedradas lo hizo entrar en una especie de trance. A lo mejor se quedó dormido unos minutos porque cuando abrió los ojos el colectivo estaba estacionado como en una terminal. Se dio cuenta que estaba a dos pasos de la estación de Liniers.

Bajó, dio unas vueltas, recorrió la estación de punta a punta y encontró un puesto de choripán bastante decente, el chimichurri tenía una buena pinta y parecía recién hecho. Cuando el puestero, un moreno de cara hosca, le alcanzó el choripán, le preguntó qué se podía ver por el barrio.
—La iglesia, dijo el tipo, medio como ladrando.
Se acordó entonces que estaba cerca de la iglesia de San Cayetano, que desde chico quería conocer. Tenía una tía bisabuela muy devota que le hablaba de ese santo sin parar. Además, todos los años salían en los diarios las vigilias y peregrinaciones que se hacen para el día del santo. En épocas de vacas flacas, esas peregrinaciones batían records de gente y solían transformarse en manifestaciones políticas. Curas, sindicalistas, personajes variopintos daban discursos entre la gente desesperada que le iba a rezar al santo pidiendo por encontrar un trabajo, o no perderlo.

Caminó las dos cuadras que hay entre la estación y la iglesia y la encontró enseguida. Se esperaba algo enorme y a lo mejor más linda, pero encontró un edificio que en lo único que se diferenciaba de un banco o de una repartición pública era la torre, una torre finita medio puntuda. Había poca gente en la entrada así que no le costaba nada entrar. Por dentro la iglesia era igual de poco interesante aunque le llamó la atención que parecía ser un lugar de encuentro para la comunidad peruana, había una virgen peruana, unos santos peruanos, flores rojas y blancas, y así. ¿A lo mejor porque la iglesia queda sobre la calle Cuzco?

Salió de la iglesia medio desilusionado. Ya en la calle, como era de prever, encontró algunas santerías, esos lugares donde se compran imágenes religiosas que la gente lleva a sus casas para seguir rezándole al santo. Lo que no era tan de prever era que entre santería y santería, y a veces dentro de las mismas santerías, había lugares donde se adivinaba el futuro por varios medios, videncia, tarot, ayudas espirituales. La ansiedad de los devotos, se rió. Una cosa es rezarle al santo y otra quedarse esperando. Una vez hechas las ofrendas y las oraciones y prendido las velas del caso, la gente se iba a averiguar, con la ayuda de un tarotista, si el santo tenía pensado cumplir con su parte o qué.

Ya que estaba, ¿Por qué no? Entró en el primer lugar por el que pasó para que le tiraran las cartas, ¿A quién se le ocurrirá convertirse en adivino y por qué?, se preguntó. No andaba con mucha plata encima pero en Liniers te adivinan el futuro por dos pesos. En el primer lugar al que entró eran demasiado curiosos, querían saber dónde vivía, dónde trabajaba y de qué. Le pareció un poco trucho todo, así que salió corriendo. Entró a otro, donde una chica asiática lo llevó a través de un laberinto de pasillos hasta un cuartito lleno de olor a sahumerio y otra chica asiática le tiró las cartas de manera mecánica y sin siquiera mirarlo. En el próximo, lo recibió una peruana gorda y sonriente que lo hizo pasar al cuarto de atrás, adornado de tapices y objetos religiosos andinos y le ofreció un té de coca. La peruana era también bastante preguntona pero esta vez, en lugar de salir corriendo, respondió a todo, cambiando los detalles. Se le puede adivinar el futuro a una persona imaginaria también.

La peruana se tomó su tiempo y le dedicó una buena historia. Tenía una gran imaginación. Al final charlaron de ella. Salió contento y muy liviano, como después de terapia. Al fin de cuentas, los adivinos son los psicólogos de los pobres.