Está lindo el día hoy, pienso cuando abro las cortinas de mi cuarto y miro a ver qué tal. Uno de esos días raros con el cielo bien azul, como el de Buenos Aires. Por suerte no hace tanto calor. Estaban anunciados casi 40 grados esta semana, pero parece que va a estar algo más fresco, así que decido que después de desayunar me voy a dar una vuelta en bicicleta y hacer un poco de turismo por el barrio. Es la mitad del verano, medio mundo se fue de vacaciones y la ciudad está casi vacía, con poco tráfico. Pasar las vacaciones de verano en la ciudad aprovechando que la gente la abandona fue siempre uno de mis grandes placeres y ahora que puedo, me doy el lujo. Es lindo ser turista en su propia ciudad, salir de la rutina diaria, ir de la oficina a la casa, al supermercado, la panadería, todos los caminos conocidos. Un día me di cuenta que llevaba 10 años viviendo acá y no conocía el lugar más famoso que visitan todos los turistas, y eso que cuando viene algún amigo o un familiar lo llevo a recorrer la ciudad.
Me preparo el desayuno, una tostada con jamón y otra con queso y una jarra de café bien fuerte y busco algunas de las guías turísticas que tengo en la biblioteca sin leer. Tengo la mala costumbre de leer siempre algo mientras tomo el desayuno, es como que me impaciento y no puedo disfrutar ni de las tostadas ni del café si no puedo leer al mismo tiempo. Hojeo un poco entre los libros y también googleo un rato con el teléfono hasta que me decido. Primero voy a dar un paseo en bicicleta por el bosque y a la vuelta voy a ir a ver el cementerio que queda enfrente de la panadería a la que voy siempre, pero al que curiosamente no entré nunca.
Digo curiosamente porque siempre que voy a una ciudad que no conozco, visito uno o dos cementerios. Uno descubre siempre algún aspecto inesperado del país que está conociendo en los cementerios. Por ejemplo, en el cementerio antiguo de Budapest me enteré cómo las mujeres húngaras cambian de nombre cuando se casan: no se ponen solamente el apellido del marido sino también su nombre de pila, en femenino. En uno de los dos cementerios antiguos de Munich se dejó de enterrar gente hace más de 70 años y ahora es un parque donde por las mañanas se ve hombres y mujeres elongando después de correr o haciendo yoga. En el de Copenhague, cuando explota la primavera y empieza a hacer calor, se llena de familias jóvenes haciendo picnics debajo de los manzanos florecidos.
Me toca conocer el cementerio de mi barrio esta vez. Llego a eso de las cuatro de la tarde decidida a recorrer las 12 hectáreas, pero después de un rato me pierdo en los detalles y empiezo a leer las historias grabadas en las lápidas. Las tumbas individuales y de personajes famosos, generales y soldados tienen todas su historia, claro, pero no son tan interesantes, una fecha de nacimiento y otra de muerte y ya está. Pero en las tumbas familiares hay espacio para escribir cuentos y en esas me detengo.
Encuentro un mausoleo chiquito, en estilo gótico. Por el estilo se notan ya los años, pero de cerca se le notan más. La piedra está gastada y medio rota y los vitrales en las ventanitas perdieron el color y están oscurecidos de musgo y oxidados. La puerta, desvencijada, está abierta y se puede entrar. El espacio es minúsculo, quizás ochenta centímetros de ancho por un metro y medio de largo, pero las paredes están llenas de placas, listas para contar su historia, que ocurrió hacia la mitad del siglo XIX. El pequeño mausoleo está dedicado a una mujer que apenas alcanzó a vivir treinta y seis años y a todos sus hijitos. Las fechas son desoladoras y cuentan que entre los veinte y hasta que murió, esta mujer tuvo por lo menos seis hijos que se fueron muriendo antes que ella, de dos, de tres, de cinco y ocho años. El más chiquito murió al mismo tiempo que ella, lo más probable en un parto que no terminó bien. ¿Una epidemia? ¿Una enfermedad familiar? Me quedo pensando en el viudo. ¿Se habrá quedado solo o habrá habido más hijos que sí sobrevivieron?
Me siento casi como violando un secreto, entrometiéndome en una historia familiar. Salgo del cementerio cuando empiezo a sentir frío, justo cuando el guarda empieza a cerrar el portón de entrada, y me tengo que apurar. La luna en cuarto menguante empieza a salir detrás de los cipreses del fondo.