Día 6

Llevamos algunas horas viajando desde que salimos de la ciudad. Salimos muy temprano para aprovechar el día y no llegar de noche. Pero el camino se hace largo, la pampa es toda parecida y de vez en cuando necesitamos hacer pausas para tomar aire, ir al baño, comer algo, o dar unos pasos para desentumecernos.

El sol cae a plomo cuando encontramos una estación de servicio que parece grande y limpia, a lo mejor los baños son mejores que en esos puebluchos por los que pasamos hasta ahora. Mientras Felipe carga nafta, busco los baños y los encuentro adentro del kiosco. Son modernos, grandes y limpios. Hay por lo menos unas diez cabinas, pero están todas vacías.

Mientras estoy sentada haciendo pis, escucho unos pasos acelerados, alguien que entra casi corriendo y se mete en el compartimento de al lado. Cierra dando un portazo, se escucha un sonido como si se hubiera apoyado en la puerta y una respiración agitada. Me quedo quieta y en silencio para esperar a ver qué pasa.

Al cabo de unos segundos, escucho un llanto bajito y el ruido de unas manos sacando papel higiénico del rollo en grandes cantidades. Termino de hacer pis, me seco y me visto. La otra (¿es una otra?) también me escuchó y se queda quieta. Igual, ya no puedo contenerme y le pregunto:
—¿Estás bien?
Silencio absoluto. No solo no habla, sino que se quedó paralizada. Salgo de mi cabina y me paro en la puerta de la de ella.
—Por favor, contestame. ¿Estás bien?
Se escucha más ruido a papel higiénico, una sonada de mocos y una voz llena de llanto. Espero unos segundos, no sabiendo muy bien qué hacer.
—No mucho. —dice casi temblando. Por la voz, confirmo que es una congénere y además bastante joven. Es una voz casi de nena. Una nena aterrorizada.
—¿Que te pasa?
Primero, más silencio. Y después, más llanto. Escucho las sacudidas de alguien que tiene ganas de llorar a los gritos pero se las aguanta y llora sin hacer mucho ruido. Y entonces unas respiraciones profundas y más sonada de mocos. La verdad es que estoy bastante asustada. Estamos en el medio de la pampa y la ciudad más cercana debe estar a unos doscientos kilómetros. ¿Cómo es que aparece una casi nena llorando en el baño de una estación de servicio solitaria?
—Me tienen secuestrada —dice en un susurro, como para que no la escuche nadie más que yo. —Me dejaron ir al baño porque llevamos muchas horas viajando, pero me están esperando ahí afuera.
—¿Son muchos? —pregunto, hablando igual de bajito
—Dos. Una mujer y un hombre. Me están haciendo pasar por su hija.
—¿Estás lastimada?
—No, nomás me sacudieron un poco para meterme en la camioneta, pero todavía estoy bien.
—¿Cómo pasó?
—No sé muy bien. Estaba volviendo del colegio y mientras estaba parada en un semáforo un hombre me empujó y me metió en una camioneta. Me pusieron una bolsa en la cabeza y después manejaron muchas horas.
—¿De dónde sos?
—De Buenos Aires. ¿Y vos?
—De Rosario. ¿Sabés hace cuánto tiempo que te raptaron?
—Dos o tres días ¿A dónde vas vos?
—A la Patagonia, con mi marido —respondo distraída, pensando en qué hacer para ayudarla y en si podré hacer algo para ayudarla.
Ya estamos tardando mucho en el baño las dos. Felipe seguro que se está impacientando y me imagino que la pareja raptora de la chica también. Tengo que pensar rápido cómo salir de este entuerto.
—¿Te animás a salir del baño? —le pregunto.
Despacito, abre la puerta y sale con cuidado y miedo. Es una chica como de unos 16 años, no muy alta y flaquita. Todavía tiene puesto el uniforme del colegio y está con la cara toda hinchada por el llanto, pero también un poco golpeada. Tiene moretones en las piernas y un chichón en la frente. La hago dar vuelta para revisarla. Fuera de los moretones, parece estar bien.
—¿Tenés un celu? —me pregunta—. Mi papá me debe estar buscando.
Doy gracias a Dios por tenerlo encima. Justo cuando bajé del auto dudé entre dejarlo ahí o llevarlo conmigo y ahora no sabría qué hacer sin él. Lo saco de la cartera y se lo doy.

Mientras ella teclea un mensaje para el padre, se escucha un griterío. Me asomo a la puerta del baño y veo gente a los empujones entre las góndolas del kiosco de la estación de servicio. En la confusión veo que dos matones se llevan a una pareja a la rastra, mientras un hombre bien vestido se acerca hacia donde estoy. Me sobresalto, pero la chica pasa como una flecha al lado mío, me devuelve el teléfono sin mirarme y se arroja a los brazos de su papá.