Querida M.:
Hace tantos años que estamos juntos. De alguna manera, siento que sos parte de mi vida desde siempre, aunque nos hayamos conocido cuando teníamos veinte años. Pero me acuerdo que tuve por primera vez esa sensación después de ver todos los álbums de fotos de tu infancia. Eran nomás cuatro o cinco fotos por año, no como ahora que sacamos fotos irrelevantes todo el tiempo. Una foto cuando cumplías años, una cuando empezabas la escuela, otra el día de Navidad, otra en las vacaciones de verano y alguna más, y así te conocí desde que naciste hasta que te conocí de verdad. Me acuerdo como creció mi amor por vos ese día. Ver crecer en las fotos, año trás año, a esa nena que se fue convirtiendo en la chica casi mujer que conocí a los veinte llenó un hueco en el tiempo. Una cosa curiosa el amor, o por lo menos el amor que siento por vos. Durante muchos años sentía que crecía todos los días, que cada día te quería un poco más y ese día de las fotos pegó un salto.
Dicen que al amor hay que cuidarlo, pero durante los primeros muchos años nuestro amor se alimentaba solo, o eso me parecía a mí. Nuestra vida de casados sin hijos era como estar de vacaciones todos los días, o en una luna de miel perpetua. Yo estudiaba y vos trabajabas a horarios irregulares o en casa y estábamos juntos mucho tiempo, mucho más tiempo que con una rutina común. Teníamos la libertad de hacer que un día cualquiera se transformara en domingo, y una semana cualquiera en vacaciones.
Cuando nacieron los chicos, perdimos un poco de esa libertad pero ganamos tanto amor. Los dos sentimos al mismo tiempo que a pesar de todo lo que nos queríamos, los chicos nos querían todavía más. Dicen que el amor de los padres hacia los hijos es infinito, pero nadie se entera de la inmensidad del amor de los hijos hacia los padres hasta que los tiene. También, conseguimos ser padres al mismo tiempo, compartiendo casi todas las tareas de cuidarlos y de la casa y aunque a veces era difícil, estábamos juntos, sin abandonarnos, sin olvidar que éramos un hombre y una mujer enamorados además de papá y mamá.
No sé por qué comenzamos a alejarnos. Si sé que uno de los primeros síntomas del alejamiento fue que se rompió ese acuerdo tácito que teníamos de irnos a dormir juntos todos los días. Vos eras más alondra y yo más búho y habíamos hecho siempre el esfuerzo de encontrarnos en el medio. Nos habíamos creado la costumbre de ir a la cama un poco muy tarde para vos, y un poco muy temprano para mí, porque el mejor momento del día era cuando nos abrazábamos en la cama cada noche. Un día te fuiste a la cama sin decirme nada y yo no te seguí. Y lo que al principio parecía una excepción se convirtió en la norma. Dejar de ir juntos a la cama tuvo otros efectos en la vida diaria –no desayunar juntos, por ejemplo– y con nuestros ritmos cambiados empezamos a hablar cada vez menos. Dejamos de comentar las noticias del día, dejamos de hacer planes para el futuro, dejamos de tratar de convertir un día cualquiera en domingo o una semana cualquiera en vacaciones.
En los últimos meses nos vemos muy poco y no nos hablamos más que lo indispensable. Nos ponemos de acuerdo en alguna cosa práctica, hacer las compras, llevar la ropa a la tintorería, atender al electricista, o en mantener de la mejor manera posible nuestras amistades comunes. Ni siquiera conseguimos tener alguna comida al mismo tiempo. Cuando nos cruzamos, te veo triste y enojada y muchas veces me da miedo hablarte. Sé que a vos te pasa lo mismo y no consigo explicármelo ¿En qué momento de la relación una pareja que se amó se empieza a tratar con miedo? Y lo que más me cuesta entender ¿Por qué nos tenemos miedo?
Mañana cuando te despiertes vas a encontrar esta carta pero ya no vas a encontrarme a mí. Hace algunas semanas conocí a otra mujer. La conocí de a poco y de sorpresa. La verdad es que no creía posible que me interesara otra mujer que vos pero pasó. Después de unos días empecé a extrañarla como te extrañaba a vos y a buscarla como te buscaba a vos. No tengo miedo cuando estoy con ella, ni estoy triste o infeliz. Aunque no lo creas, me cuesta mucho dejarte, pero sentirme enamorado después tantos años es como sentirme enamorado por primera vez o como enamorarme de vos otra vez. El amor que te tuve no fue infinito – esta carta es prueba de eso – pero sí lo fue mientras te quise y no sé si podré inventar otra forma de querer distinta a como te quise a vos.
Un abrazo fuertísimo
S.